Sendero de fuego

—Debes irte ahora —le dice mientras cierra las ventanas con rapidez y torpeza, se vuelven a abrir impregnando la cabaña del fuerte olor a ceniza del volcán—.  No te lo había dicho, perdona, pero no me atreví a decirte la verdad tan cierta a los ojos ajenos y tan irreal a mi propio juicio. Por favor, no te atrases, debes irte y es apremiante que sea en este preciso minuto —Miguel la observa, su imagen es fría y lejana.

—Quiero quedarme contigo —siente una falsa compasión.

—¡No!, debes marcharte. El mal se encamina y está cerca de la colina, el atardecer lo precede y nosotros estamos al descubierto, nada puede detener la tempestad, ni los árboles, ni la fuerza del viento —sigue sin mirarlo con la vista perdida en las cortinas de la ventana.

—Venga conmigo, Ana.

—No hay tiempo.

—Se lo imploro, no se quede sola —suena como un maldito hipócrita.

—Vete, yo estaré bien.

Ruge el viento y vuelan los pájaros del bosque de un lugar a otro, atrapados por remolinos de hojas secas que giran hasta las copas de los árboles quitándoles la habilidad del ritmo al volar. El perro, echado en el suelo de la cabaña, se levanta atemorizado.

—A las tres ya será tarde, y mientras más demores en hacer las maletas lamentarás no estar del otro lado de la colina. Debes irte ahora.

Miguel sabe que la vieja está loca y que no podrá llevarla de regreso. Está aburrido de esa vida de inmundicia y mezquindad. “¿Cuánto más puedo desplazar mis deseos por cuidarla, y ella sin saberlo? El volcán me está dando una nueva oportunidad para salir de este infierno”, piensa. A cada instante aumenta su disposición a dejarla. “Es ella quien suplica que me vaya y es la primera vez que lo hace, quiere quedarse sola, sin mi compañía y es extraño porque ella está segura de que jamás la abandonaría. Pero esto es distinto, quedarse es morir y no deseo morir hoy”.

—No sé si te lo había dicho, pero debes irte —insiste mientras se sienta en la orilla de la silla con muchas posibilidades de caer. Cierra su chaleco gris en un abrazo. Mueve su cuerpo hacia atrás y adelante meciéndose con movimientos ininterrumpidos y monótonos. Él está de pie junto a la ventana y observa sus maletas vacías sobre la cama.

—¿Por qué esperar la tempestad, qué es lo que busca? ¿No siente miedo a morir quemada por el fuego? —le pregunta algo burlesco.

—No. Pero sé que tú sí, Miguel. Mira cómo te tiemblan las manos, estás aterrado, mucho más que el perro —él mira sus manos y las esconde en los bolsillos traseros de su pantalón.

Miguel teme, pero no a la tempestad de Ana, sino a lo que esa mujer provoca en él, una extraña sensación que en vez de movilizarlo lo deja apático. Dentro de su mundo imaginario ella vive una vida paralela de horror, y es él quien la saca de ese abismo para traerla de regreso. “Hoy la odio, realmente, no la quiero ver nunca más en mi vida, ya ha sido suficiente, quiero que muera de una manera rápida y sin dolor, que muera en el fondo de ese volcán inactivo”. La observa, ella sigue balanceándose en la silla mirando las cortinas, y entonces se decide. Esta es la última vez que estarán juntos, su terquedad y locura la matará.

La tierra tiembla, el día se oscurece y Miguel se aleja de la cabaña sin despedirse, desaparece entre el laberinto de ramas, arbustos y delgados árboles. Ella cierra la puerta sin trancarla, no sabe si en cualquier minuto él regresará. El temblor vuelve con más fuerza y la violencia del movimiento arroja el florero al suelo derramando el agua podrida, verde y fétida. El sismo abre la puerta y la golpea una y otra vez como poseída por el demonio, ese que aún no baja del cerro, pero que está en la cúspide observando a la vieja adentro de la pequeña cabaña entre los árboles.

Ana se asoma a la ventana apartando las cortinas grasientas y ve cómo Miguel se retira. “Se ha ido, me ha dejado, pero, no puede ser, es probable que haya ido a recoger leña para avivar el fuego, ya que solo quedan unas cuantas brasas. No, no ha hecho sus maletas. Tal vez es capaz de dejarme, porque se lo he suplicado. Él siempre me mira como si estuviera loca, pero jamás me abandonaría, no es tan valiente como para desertar”. Cierra las cortinas y vuelve a mecerse en la vieja silla.

Los caballos relinchan y corren de un lado a otro en el corral, sus patas sacuden la tierra dejando suspendida una densa nube de polvo en el potrero. “Ellos también pueden salvarse”, piensa. Sale de la casa esquivando la puerta. Es la primera vez que siente miedo. No sabe si su corazón está latiendo demasiado rápido o solo se ha detenido, pero es algo momentáneo, porque atraviesa la puerta y la valentía vuelve.

 —Deben irse ahora —les dice abriendo la cerca de madera, los caballos alzan sus patas delanteras y salen trotando, uno tras otro en una carrera ordenada, sus melenas castañas se mueven armoniosamente y transmiten el anhelo universal de la libertad. Ella trata de esquivarlos, pero cae violentamente al suelo.

Las aves siguen despavoridas, chocan entre sí y caen, mueren no sin antes dar algunos espasmos sobre las hojas suaves de los helechos. Ella las ve en el suelo, muertas, y piensa que tal vez así serán sus últimos minutos de vida.  “Pero, por qué he de quedarme, también puedo irme ahora y salvarme, como lo hizo él y también mis caballos. Miguel debe estar al otro lado de la colina, a salvo, lejos de la tempestad”. Trata de levantarse luego de la caída y nota que no puede apoyar un pie, al parecer se lo ha roto, “pero mis caballos se han salvado”, se tranquiliza. Saltando en un pie ingresa a la casa, vuelve a cerrar la puerta y esta vez le pone el pestillo. “Si él regresa, seguro llamará a la puerta”.

El perro aúlla, gira su cabeza de un lado a otro levantando sus orejas y deja los ojos en guardia, quietos en un punto fijo, como si viera a través de las paredes. “¿Qué escuchará su privilegiado oído, o será que también quiere escapar y dejarme sola? No puede hacerlo, yo lo alimento y depende de mí en todo momento. ¡No puedes dejarme!”, le grita. El flaco perro de pelos pegoteados y cola quebrada la mira, se echa a sus pies sobre el agua podrida del florero y queda mirando la nada con sus ojos tristes.

“A lo mejor sería bueno dejarlo ir y puede que esté bien que lo haga ahora.  Pero, ¿sabrá cuidarse? No lo creo. Es como un niño que no se despega de la falda de su madre y anda tras ella para que nada le pase”.

El cielo ya está oscuro, pero no es de noche, son solo las nubes del humo del volcán que han llenado el cielo de oscuridad. La noche no será estrellada, ni tampoco habrá luna.

“Solo tengo esta linterna para iluminarme en medio de la borrasca, y las pilas están gastadas, hay que golpearlas para que encienda. ¿Qué haré cuando todo esté oscuro? ¿Y si me voy con el perro? Todos han tomado la decisión de salvarse. Y si esto no es más que una pesadilla y mañana todo volverá a ser como antes, almorzaremos con Miguel carne a la cacerola con algunas papas sumergidas en guiso, y el perro tendrá su hueso, pero no es un sueño, más bien estoy en medio de una rara congoja. Ellos han sido astutos, aunque nada se sabe con este demonio que está por bajar de esa hirviente montaña. El tiempo ahora parece que no existe. ¿Qué día es hoy? Este veneno me ha dejado sin certezas, solo existen lucubraciones y nadie sabe cuándo todo terminará. Debo averiguarlo y llegar hasta el volcán. No quiero irme hacia la carretera, porque seguro alguien podría morir por mi culpa. Solo temo a las pilas gastadas de esta vieja linterna”.

Está todo en silencio, ya no se mueve la tierra. Ella saca la tranca de la puerta y la abre con curiosidad, el perro flaco la acompaña como su sombra. Todas las aves están muertas formando una larga alfombra de pluma y alas grises junto a ramas y hojas que el viento ha dejado en el suelo. Baja los viejos y apolillados peldaños de madera de la entrada de la cabaña y toca la tierra con las manos, el suelo está caliente y húmedo. Mira hacia la colina y vuelve a pensar que es de noche, pero son recién las tres de la tarde, la hora del fin. El corazón de la tierra hierve y emerge un vapor tibio que le humedece el rostro, el perro se queda inquieto.

Huele a amoniaco. Ana escaba la tierra buscando la fuente que da el calor y la explicación a este acertijo que nadie conoce, pero que todos temen, esa interrogante que llegó al mundo de golpe, cambiando para siempre el destino de la humanidad. La garganta le pica y comienza a carraspear, primero suavemente luego más fuerte, con dificultad para respirar. Sumerge las uñas en el tibio lodo sacando palos y gusanos. El perro, con su carácter fiel y solidario, la ayuda como si estuviera buscando su hueso.

Y está completamente oscuro, las nubes grises han pintado con brocha todo el horizonte, el viento ahora es suave y tibio. Pierde la noción del tiempo y no para de mirar hacia la altura, como un vigía sobre su barco buscando tierra. El perro cava cada vez más rápido con sus patas, pero no encuentra nada, se cansa y se aleja. Ella lo ve retirarse en medio de los árboles, con el cabello cubriendo su rostro arrugado, enrojecido y sudoroso por el esfuerzo. “¡Ven acá, perro, a dónde crees que vas, no sabrás salir del bosque, morirás!”. Él detiene su marcha, da vuelta y la mira, pero pareciera estar defraudado, ya no hay razón para quedarse y también huye.

Enciende la linterna después de darle algunos golpecitos con la palma de su otra mano, y la apunta como un arma en dirección al perro, pero ya no logra verlo.

—Él también se ha ido, perro malo y cobarde, todos me han dejado sola, no quiero pensar que quisieron salvarse de mí —dice mientras desde la cima aparece una imagen muy parecida al amanecer cuando el sol se asoma entre las montañas, rojo y fuerte. Un color anaranjado envuelve el cielo y muestra un paisaje bello en medio de la oscuridad, el humo y la soledad.  No siente desconfianza y entra en el bosque solo con el instinto como guía, acercándose a la colina, a la muerte, donde el fuego quema.

—Ya todos se han ido —dice aplastando las cabezas de los pájaros muertos con sus pisadas. Sigue mirando la cumbre, la roca fluida va bordeando la mitad del cerro. Siente su rostro tibio, se retira el chaleco gris abandonándolo en el suelo. “¿Qué será del perro, habrá tomado bien el camino hacia la carretera?”, se pregunta.

Está hechizada por la lava y los chorros de fuego y chispas que arroja el volcán. Tose nuevamente y siente su saliva ácida como si estuviera bebiendo el jugo de una naranja amarga, sabe que está enferma, y sigue caminando por el sendero directo hacia el volcán, a veces choca con troncos de árboles, pero se olvida de su tobillo, esquiva los pájaros muertos y salta las piedras con agilidad. Siente el calor de la fiebre, cree estar delirando, mira hacia el horizonte, ve el rostro de Miguel a lo lejos, la lava cubre lentamente sus pies y llega hasta su cintura, su cuerpo se quiebra como una galleta y el oxígeno de sus pulmones se va en cada suspiro.

***

Sobre la autora:

Nombre: Alejandra Truffello Hurtado. Mail: Truffello.alejandra@gmail.com

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