Pizza de ensueño

Cada vez que comíamos afuera hacíamos nuestro ritual. Tomábamos el camino más largo a la casa de ella y luego cada uno regresaba a la suya. A veces él se quedaba en su casa, sobre todo cuando recién habían comenzado a salir. Pancho y Cami eran mis amigos más cercanos y siempre lo serían. A pesar de todo lo que paso. Los observo fijamente mientras ríen y se quejan por la pizza que acabábamos de comer. Esta vez me rio yo, aun no se han dado cuenta.

—¡Es que weón, era terrible mala! —se quejó Pancho.

Con la Cami sonreímos.

—Te equivocas, era terrible buena. El problema es que no sabes apreciar su arte.

—Es verdad lo que dice la Cami, Panchito —dije mientras le guiñaba un ojo a la Cami, todavía riéndome—. Tu paladar no está a la altura para apreciar el maravilloso arte de la pizza con piña.

—¡Esa weá no es pizza! Por la chucha, entiendan.

Esta vez con la Cami estallamos de risa. Hacer enojar al Pancho era una de nuestras actividades favoritas. Era muy divertido escucharlo putear. Iba a extrañar mucho estos momentos.

—Ya, entonces explícame una cosa. Si la pizza con piña no es una pizza, ¿por qué se llama pizza?

—Camila, por fa hazte ver. Te amo, en serio, pero no podi decir esa estupidez. Esa miegda no es pizza, es una abominación.

—¿Qué es peor? —pregunté—. ¿La pizza con piña o la cerveza sin alcohol?

Cami y yo nos reímos otra vez.

—¡Ah no! —se quejó Pancho—. A ustedes les gusta el webeo.

Mientras discutíamos sobre la polémica pizza, seguíamos caminando.

—¡Miren!  —grito la Cami y se detuvo en la mitad de la vereda apuntando a una tienda de sushi—. ¿Les tinca venir a comer acá en la próxima salida?

—No. Me carga tu comida otaku.

—Una vez más mi querido Panchito, tu paladar no está a la altura. El sushi nunca fue otaku, el ramen si. Baka.

Los tres nos reímos.

—Ya po, pésquenme. ¿Vengamos aquí a la próxima?

—No puedo  —dije.

—Ya po. No sean fomes.

—Si la weá no es otaku entonces no tengo drama en venir a comer acá.

—¡Listo! —dijo Cami—. Se armó.

—No puedo  —repetí.

—¿Qué weá? Normalmente yo soy el aguafiestas aquí.

—Tú eres el que siempre apaña en todo. ¿Pasa algo? —preguntó la Cami.

—No es que no quiera, no puedo. ¿Ya se les olvidó? Estoy muerto.

Los dos me quedaron mirando un largo rato.

—¿Qué weá?

—Ya les dije, estoy muerto. Lo siento.

—Ya lo recuerdo —interrumpió la Cami, llorando—. Te mataron.

—No. Esa weá no es posible —dijo Pancho—. ¡No! Esa weá no paso.

—Dime, ¿no te parece extraño, que en todo este rato no nos hayamos cruzado con ninguna persona?

—Conchetumare —a Pancho se le caen las lágrimas—. ¿Quién fue?

—Eso no importa. Además es hora.

—¿Hora de qué? –preguntó la Cami—. Y obvio que es importante saber quién te mato.

—No, no lo es. Ya es hora.

—¿Hora de qué? –preguntaron ambos.

—De que despierten.

Anónimo.

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