Claro de luna

Me dirigí con mi grupo de amigos al teatro, donde estaban rindiendo un homenaje a Debussy, el compositor favorito de Rafael (y la razón por la cual casi nos obligó a acompañarlo). A decir verdad, ninguno de nosotros puso reparo algún. A todos nos agradaba la música clásica, el ambiente sereno y privado del teatro y, sobre todo, nuestra mutua compañía.

Eso sí, yo tenía otro motivo para querer ir, y ese motivo tenía nombre, y era el tuyo; donde quiera que fueses yo quería acompañarte. No era necesario que habláramos mucho ni que tu atención rondara continuamente sobre mí, no la verdad, yo solo quería poder sentir tu esencia cerca mío, ver de vez en cuando por el rabillo del ojo si estabas viendo hacia el escenario, o si con la venía de cupido me observabas mientras pongo rostro de concentración, como si la música me abstrajese, siento que el motivo de mi ensimismamiento es la imagen lúcida que tendría en mi mente, de ti.

Nos ubicamos en 4 asientos dispuestos en las filas del medio. Tú fuiste la primera en sentarse, por el orden en que íbamos caminando era yo quien debía sentarse a tu lado, pero por una extraña razón de la cual no tengo mucha lucidez me hice a un lado y dejé que Alberto tomara el que debió ser mi lugar, luego avance y me senté junto a Alberto. Comprobé con mi visión periférica si aún era capaz de verte estando a un asiento de distancia. Era capaz de distinguir tu silueta si te agachabas hacia adelante, pero claro, siempre has cuidado mucho tu espalda y estabas apoyada sobre el respaldo de la silla. Mejor así, mi concentración no alcanza para poner atención a dos espectáculos a la vez.

Las luces bajaron de intensidad e ingresó un hombre con un violín en la mano derecha y una mujer con vestido largo que tomaría ubicación frente al piano. Hicieron una leve reverencia y comenzaron a tocar la apertura. El sonido del piano era suave y algo melancólico. El violín agregaba algo de fuerza cada vez que intervenía —debo decirlo— sin mucha pulcritud. Rápidamente me sentí en conexión con la música a pesar de no ser ejecutada con una técnica excelsa, cerré los ojos como siempre hago y las imágenes de mi cabeza empezaron a aflorar. El sentimiento de nostalgia se transformó en una playa solitaria en medio de un atardecer. No representaba tristeza en sí misma, pero sí lo hacia cuando pensaba en que ese atardecer estaba siendo contemplado por mi soledad, o quizás más importante, por tu ausencia.

Abrí los ojos cuando tuve que aplaudir para reconocer el mérito de los músicos. Presté atención a tus manos, para escuchar si estas estaban aplaudiendo o no, y al darme cuenta de que no se movían en absoluto dejé de aplaudir influenciado por tu aparente indiferencia.

Comenzó la segunda tonada, era Clair de Lune, una de las piezas favoritas de Rafael, y una de las pocas que yo pude reconocer. Apenas sonó la primera nota volví a cerrar los ojos. Esta vez estaba flotando en el espacio infinito, no había más que un astro a mi alrededor y era la luna; me aproximaba a ella por acción de una atracción diferente a la gravedad, una que empujaba a mi alma en dirección a ella, y que tenía tal fuerza que, como pocas veces, logró que mi alma condujese a mi cuerpo.

Pisé el suelo lunar y caminé solitario por las llanuras color blanquecino, buscaba algo sin saber que era. A pesar de estar en una superficie tocada por muy pocos, yo me sentía como si caminara por un terreno totalmente conocido, giraba para cambiar mi dirección sabiendo totalmente hacía donde me dirigía, lo que no sabía era por qué me dirigía. Empecé a dar saltos de dos a tres metros de altura para que mi horizonte se alejase y, cuando alcanzaba el punto más alto, movía los ojos rápidamente, rastreaba todo el lugar y siempre veía más y más arena lunar. Seguí caminando con un grado de desesperanza, por no saber en que había puesto mi esperanza, pateé algunas piedras mientras avanzaba, o quizás retrocedía, no podía estar seguro porque no tenía objetivo que me guiara.

Presa de una impotencia provocadora de ira tomé una piedra y la lancé lo más lejos que pude, y gracias a la baja gravedad del lugar, la piedra cayó luego de bastante rato y en un lugar medianamente alejado de mis pies. Me senté sobre el suelo pensando en que quizás era el momento de volver; no a la tierra, sino al espacio de la nada, a un lugar donde no pudiese ver a la luna, ya que me recordaría que nunca pude siquiera descubrir aquello que me motivaba a buscar, recorriendo todos los trayectos posibles sobre su superficie, siendo igual de posible la idea de que buscaba una mina de oro como la de buscar un trozo de carbón. Me levanté lentamente como haría cualquier hombre abatido por sí mismo.

Tomé impulso agachándome lo más que pude y salté a la nada. A medida que ascendía, lo que había sido una superficie extensa, se transformaba en una cancha blanca, luego una hoja de cuaderno con muchos relieves, y finalmente en un punto reluciente. Abrí los ojos justo al final de la canción, sin querer busqué tu mirada, y te encontré.

**

Mi nombre es Eduardo Vergara, estudiante de medicina en la UDP esperando terminar pronto la carrera para estudiar literatura. Me gusta escribir de noche y siempre que lo hago me dan ganas de fumar, así que soy parte del grupo de escritores que por hacerlo van muriendo poco a poco, pero que no le importa pues en una oración se siente más vivo que en un año de cotidianidad. Publico de vez en cuando en mi perfil de Wattpad o en mi perfil de MeGustaEscribir.

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