Epitafio para seis

Ahí estaba ―como siempre― el inmensurable horizonte difuso entre acordeón de azules y camanchaca. Sin fronteras, incorpóreo, vertiginoso, meciéndose en un vaivén hipnótico y cantando su canción que nunca calla. Esta vez, célebre y armonioso, arrullaba tiernamente al recién nacido ballenato nebuloso. Una docena de titánicas ballenasirrumpían en la cuna acuosa con su celebración de ballet-ballenático; saltos olímpicos, coletazos gráciles, piruetas magistrales. Todo el despliegue monumental para celebrar al pequeño cetáceo, bienvenido al mundo de las sirenas.

Y desde algún punto anónimo, a una pasmada observadora le revoloteaban las pupilas siguiéndole la huella a los cuerpos ágiles zambullidos en el aire, los que disfrutaban de un instante bajo el sol para luego caer sin resistencia al otro lado del tiempo, al sostén de las burbujas. ¿Dónde será que decanta el alma de las ballenas? ¿Su paraíso será quizás un océano de soles perpetuado en la eternidad de las profundidades, inmaculado y libre del dominio humano, en donde el final del océano roza con el principio del cosmos? O quizás, nacer ballena es el paraíso, o lo fué.

Ahora, desde la misma playa que antes montaba tan magnífico espectáculo, Isabel recordaba aquella trifulca con la sensación de haber hurgueteando en alguna galaxia lejana, quizás, un universo de gigantes. ¿Cómo dijiste que se llamaban? Le preguntó de pronto al hombrecito que la seguía muy de cerca, casi aplastando sus mismas pisadas en la arena. Sei, ballenas Sei. Ah por cierto, gracias por traernos, añadió a su respuesta sus agradecimientos aprovechando tal vez, que la muchacha por fin abría algún tipo de diálogo. Cada año pasaban por acá, no creo que ahora vuelvan por el golfo de Penas. Volverán igual, la consoló el extranjero. Es su ruta instintiva, vuelven para dar a luz a sus crías.

La playa pálida de sus nostalgias era ahora un desfile espectral de moles tumbados sobre la costa. Se retorcían bajo sus pies las ínfimas partículas de arena con el ir y venir de olas ausentes, tragándose la sangre fría de incontables cuerpos colosales. Lo vieron desde el aire, fue reciente, hace dos o tres días como máximo. Hace unos meses pasó lo mismo en unos fiordos más al sur, pero todavía no sabemos las causas, agregó otro de los hombrecillos del Greenpeace ante el escepticismo de Isabel. Podría ser la marea Roja y la floración de toxinas que contaminan los alimentos de los cetáceos blablablá, prosiguió. La muchacha observaba su diminuta mano al contraste de los cuerpos inmóviles que alguna vez vio flotar por sobre el agua. Las palabras de los científicos rebotaban en algún espacio de su cognición junto con cualquier argumento cósmico o científico del apocalipsis.

 Por suerte, los cuerpos están en buen estado y podremos proceder a hacer los estudios pertinentes para descartar intervención humana blablá. En el aire, ya se había comenzado a expandir el hedor de la muerte, el olor a tumba profanada, a cadáveres sin sepultura. Sernamar debe ser informado de esto a la brevedad, deben dar aviso a la comisión ballenera blabla internachocialo de lo sucedifole varadas en toxenocolepias de Golfo de Penas. Isabel seguía con la mirada perdida en alguna fuga de la memoria, en algún recuerdo difuso o en alguna cita de catástrofe que sopesara el sacrilegio.

Debemos volver en 10 minutos, le recordó una bióloga marina que venía en el grupo. Se nos hará tarde, es mejor que empiece a juntarlos a todos. Andaban seis científicos entre ONGs y gobiernos regionales moviendo aletas, sacando fotos, tomando muestras, moviéndose. Isabel se despetrificó con el aviso de la gringa y volvió al cementerio. Volverían mañana con todos sus implementos, sus estudios y sus predicciones en su pequeña embarcación aysenina que antes fue para pescar.

Se alejaba cada vez más la playa apenas distinguible y desaparecían de a poco los coihues magallánicos devorados por la niebla. Isabel miró una última vez en la lejanía los bultos muertos perdiéndose entre los fiordos. Gestiona la investigafilocu del agua contamidorisa con los reciduoguioleas salminerosas blablá. Los científicos seguían conmocionados; llamando, escribiendo, buscando culpables, purgando su humanidad con responsabilidades ajenas, hablando, moviéndose, moviéndose. Isabel saco una conchita de su bolsillo que había recogido en la playa y la arrojó por la borda, ¿Será que quizás ya no nos merecemos ningún paraíso?

Melany Sariah, 25 años. Estudié literatura, leo las manos y soy mamá.

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