El marco de cristal

Recuerdo que, en el sueño, entraba desde un pasadizo estrechísimo hacia un cuarto simétrico y ortodoxamente limpio y, en su techo, había un marco de cristal ganado en la esquina. El brillo que entraba por este golpeaba en la pared derecha y el resplandor se esparcía por el resto de la habitación. Recuerdo que, también, al haber entrado, no había puerta que me negara, detrás del cuarto era todo irreal, y lo que antes fue el pasadizo ahora no era más que inexistencia, ni siquiera oscuridad, porque bien yo lo sentía así; era, simplemente, la nada. Cuando alcé la vista, miré el marco y lo que traía detrás: la noche, la oscuridad estrellada, pero podía sentir el brillo y calor solar similar al despertar del alba, lo sentí abrazarme el rostro y cómo las mejillas se me acaloraban. Era la noche, con sus estrellas, pinceladas y distantes. Todo detrás del marco cristalino era oscuridad, lujuria y desgaste, pero dentro, en donde yo estaba, había luz; el cuarto estaba inundado por el calor de la mañana. Yo lo sabía, pude sentir la particular sensación, la única que se me viene cuando veo el amanecer y cómo el pecho se me aclara después de la noche; inclusive el aire se me hacía distinto cuando volvía detrás del marco de cristal. Pensé que en lo que entonces me hallaba se trataba del centro del universo, el todo, la frontera entre el fin y el comienzo del cosmos. Era la mezcla de mundos, la noche, densa, fría, estrellada, y el amanecer con su cálido sondeo, y en su centro una nublada frontera que si bien podía existir como también no podía. En ella me hallaba yo, mirando dos mundos completamente distintos, aunque bien nos complementan a nosotros en todas las miradas posibles. Inclusive fue ahí el momento en que me di cuenta de que se trataba de un sueño. Pero mientras permanecía allí temí de lo que pudiera pasarme si acaso fuera la realidad. Sentí el pecho exprimirme los pulmones y corazón. Miré la luna una vez más, nos contemplábamos. Poco se asemejaba a lo que es la luna en la realidad; pues sí, se parecían, pero esta era de un color amarillo opaco y desgastado, de tenues pinceladas ebrias y puntos escritos en todo su dilate, además que su forma estaba ahuecada y mal hecha; pero ¿y por qué no podía ser la verdadera luna, acaso? ¿Y si en realidad así era la luna y la que está en mi mundo no es más que una ficción?, pero ¿y si los sueños representan no las ficciones sino la realidad? Entonces, ¿esa misma noche acababa de entender la realidad y de haber sentido ese éxtasis que nadie jamás sentirá en la vida?  Fuera lo que fuera, en ese sentimiento la luna era ella. Y en un momento, ya eclipsado por la incertidumbre, el temor y el fervor, me pregunté a cuál mundo pertenecía, quién era la realidad y cuál la irrealidad, cuál era la verdadera ficción y, también, la verdadera realidad. Entonces temí, lloré y seguí llorando luego de despertar, porque acababa de ver más allá de lo que pasa en tan solo unas cuantas horas. Sentí cómo la paradoja me devoraba mientras todo permanecía igual. Cuando desperté ya era de día, dejé las cortinas abiertas, el ventanal estaba desnudo, brillaba, detrás el sol se abría para todos. No dejé de preguntarme por el marco de cristal durante días, y los días pasaron a meses, y los meses a varios años. Pensé en el marco de cristal cuando estudiaba, leía, comía, inclusive cuando hacía el amor. Creí que jamás lo olvidaría, porque podía recordar perfectamente cada detalle, hasta el más minucioso y desapercibido. Podía recordar el tono de las paredes iluminadas directamente y las otras que solo lo hacían por el reflejo de esta. Temí por mí mismo, porque la vida se me hacía tan compleja cuando solo pensaba en él. Tan solo cerraba los ojos y ahí estaba, el marco de cristal, glorioso e inexplicable, la paradoja hecha imagen. Me pareció tan confuso el sentimiento asfixiante que logró atormentarme durante esos años que, al fin un día que no sé cuál fue, la memoria me falló.

Matías Gallardo, 2018

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