Atenedorizar

Dedicado a Catherine, la persona que me inspira con su existencia, me motiva a seguir escribiendo y abriga con su amor.

– Me gustaría que me atenedorices.

– ¿Que haga qué?

Era primavera, pero el sol ya estaba presagiando el calor abrasador del verano. Santiago parecía un horno y los ciudadanos eran sacos de carne siendo cocidos lentamente.

Se habían juntado para almorzar. No se veían hace semanas y, aprovechando un viernes, se juntaron a comer empanadas sentados a las orillas de la acera. Llevaban pantalones cortitos, poleras holgadas y ganas de morir. No eran amantes del calor.

– Pues eso. Que me atenedorices.

– Pero qué cresta es eso.

– Eso —hizo el gesto de una estocada— que me entierres un tenedor.

– ¡Y, ¿de dónde chucha sacaste esa idea?!

Habían salido hace poco de la universidad y entraron de inmediato al mundo laboral. Se escribían los fines de semana, pero el resto de los días se relacionaban con sus compañeros de pega o se dejaban caer en sus camas para dormir. Pensaron en vivir juntos, pero aún no ganaban lo suficiente para arrendar un departamento cerca del Forestal.

– Es que ayer almorcé pollo con papitas —hizo una pausa larga para dar otra mordida a su empanada— y usé un tenedor para comer.

– Pero aún no me explicas por qué quieres que te entierre un tenedor.

– Calmate —frunció el ceño mientras masticaba— Es de mala educación hablar con la boca llena.

El Forestal es bonito. Hay perritos, gente paseando y es fresquito, decían los dos. Además, está el Museo de Bellas Artes y más cositas interesantes por ahí: la bohemia, y ese gustito cultural en el ambiente. Sin embargo, era caro y los del departamento pedían un adelanto para arrendar, con liquidación y todo. Si no llevamos ni un año trabajando, decían cuando cotizaban. Por ahora se contentaban con ahorrar dinero y gastar lo justo y necesario, aunque se podían dar un gustito al mes. Seguían siendo mortales que cedían a sus deseos capitalistas.

– En las noticias siempre hablan de gente que es acuchillada, —tragó y tomó un poco de jugo— entonces pensé cómo sería si tuvieran que usar un tenedor.

– Un cacho. Si sólo sirven para hacer hoyos.

– Ajá, pero eso piensa el chileno promedio, el chileno sin imaginación. Un agresor astuto sabría usar el tenedor.

– ¿Te querís pitear a alguien?

– ¡No! —dejó la empanada de lado y se levantó— Nunca haría eso, pero pensaba si me lo tenía que hacer a mí. Onda acá, justo en el cuello.

– No te dejaría hacer eso.

– Nunca me dejas hacer nada. —volvió a sentarse a su lado— Entonces yo te atenedorizo.

– ¡¿Qué?! —su sorpresa pasó rápidamente a la aceptación— Bueno, si lo haces tú supongo que está bien.

Nunca presagiaron que la adultez iba a llegar tan pronto. Pareciera que fue ayer cuando se juntaban a almorzar en el casino de la universidad y, luego, volver a clases o salir a pesar por ahí. Cuando se estudia, el tiempo va pasando más rápido mientras pasan los semestres, o así lo sintieron. Seguían viviendo con mamá y papá, pero asumían los costos de ser adultos para dejar en claro que estaban en proceso de independizarse.

Sentirse adulto tampoco era un trabajo fácil. Vestirse formal en las mañanas, aguantar la micro llena y rezar al cielo para que la rutina en el trabajo se mantenga. Sin embargo, adulto no significaba convertirse en un ser amargado y aburrido automáticamente. Aún se daban el tiempo para las bromas, para hacer el ridículo en público y disfrutar cosas que para otros parecerían inmaduras. Mantuvieron sus esencias desde que se conocieron, se sentía bien saber eso.

– Así podremos poner en boca de todos el atenedorizar.

– Te brillan los ojitos pensando en clavarme un tenedor en el cuello.

– Piensa los titulares cuando se sepa. Nos haremos famosos.

– ¿Famosos? —rompió en risa— No pensaba saltar al estrellato así. Hagamos esto rápido.

– Si, podría ser ahora, —se acercó e hizo el gesto de tener un tenedor en la mano— pero, mejor, comerte, que todavía tengo hambre.

Un beso cálido y suave humedeció su mejilla mientras el tenedor invisible le pinchaba sus costillas. Te amo, le respondió con una sonrisa sincera. Le dio un beso de vuelta y terminaron sus empanadas, mientras el sol comenzaba a esconderse.

– Aún así hay que cambiar el nombre. —se quedaron mirando un largo rato— Mientras no le encuentres un nombre mejor, ese tenedor sólo servirá para comerme.

– Te atenedorizaré todos los días mientras se me ocurra otro nombre.

Por Francisco Reyes Ahumada

***

Sobre el autor:

Estudiante de periodismo, oriundo de Isla de Maipo, de 21 años. Intento equilibrar la ficción de los cuentos y la no ficción del periodista, mientras trato de narrar mejor historias. Vivo a dos horas de Santiago, tengo muchos gatos y mi perrita Diana, mientras disfruto a mi colección ilegal de música.

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