Hidratación

Con una pierna semiflectada retarda el orgasmo queriendo expandir el placer por todo su cuerpo mientras la suela de su bota plástica se equilibra sobre un poste de madera. Sostiene en su mano izquierda un cigarro y en la derecha la manguera que vierte el agua sobre el jardín de su patrón. El hombre mira hacia todos lados porque nada debe escapársele. A todos lados porque siempre quiere estar al tanto de cualquier evento por menor que fuese y transcurriese en el predio. Hermosea el pasto para atraer a la gente, no importa quiénes, le da igual cómo sean, solamente embellece el jardín para promover estados de seducción entre los visitantes. El hombre está siempre atento a las pulsiones que va sintiendo por las personas que llegan al lugar, las registra, se sirve de ellas para utilizarlas alguna vez, es como una colección de vinilos.

La parcela colinda con otras, los terrenos por dentro se ven entre ellos. Solamente se separan por cercas de alambre y por fuera de todos estos sitios se cruzan caminos angostos, llenos de árboles y matorrales espesos por ambos costados.

Mira ahora para todos lados en círculos el circulero. Forja circunferencias medio perfectas moviendo la cabeza. Ese movimiento circular lo hace también con el agua de la manguera y es la proyección de su mente, ataja a las personas. Ha creado una esfera donde una mujer entra y sale vanidosa de ella. La temporera lleva el pelo amarrado entre ondulaciones escapándose algunas mañosas de la tomadura hecha con un cordón negro. Entra al campo húmeda luego de cruzar las cercas como una detective. Es alta, mira para todos lados con resuelta velocidad y dos ojos cafés, pillísimos, que parecen cosquillear los del circulero. Estira la mano yemas arriba, flecta el dedo del medio jugando a que conoce el tiempo mediante sombras en su palma. Está toda calurosa y a primera vista impaciente. El hombre dilata la rodaja de agua en el aire, porque se une al evento otra mujer, es baja, y ha llegado para inaugurarse. Sin creer que la ven deja fluir sus nervios, tirita, hace con sus manos una mascarilla, tira aliento ahí y huele; se arregla el sostén, afirma el pinche plástico y rosado, pero no sabe cómo abordar. La rondadora, cada vez más delirante, que esperaba con incuestionable experiencia, camina hacia su amante y se encorva un poco sin siquiera pedir permiso, acaballada evade todo protocolo y la besa lenta, tan calladamente donde terminan los labios. Se arrasan por una novedosa excitación; tocan sus partes en un indecible choque de atrevimientos luminosos, sensualísimos.

El círculo ha de desarrollarse más, el agua se estira para abarcar a las mujeres que se recuestan en el pasto tierno del circulero. La alta sonríe para ella al notar que su dedo ya no es la improvisada aguja de reloj, más bien se transforma en el estandarte de su calentura ocupado en la verdad cuando el tiempo no existe. La baja bota la timidez rápidamente, los párpados casi no se notan, tiene los ojos más blanqueados ahora y así ambas invitan al hombre de las esferas a permanecer en su posición de testigo porque agradecen la curiosidad que despiertan sus cuerpos.

Afuera del predio nadie nota nada. Las vacas mugen, las personas trabajan automáticamente y la acequia no para de fluir aunque sea como un hilo. El circulero se halla ahora en una de esas órbitas que él mismo hace para internar registros. Existe por minutos dentro de una aureola al ver cómo las mujeres comienzan a enamorarse. Está recordando una aventura con un temporero cuando ambos eran jóvenes y menos morenos. Había sido cerca de allí, en la plantación de uvas cuando el sol se iba detrás de un parrón y, afirmado del tronquito, el temporero vestido de pareja casual se excitaba. Cae dentro de sus circunscripciones y se interna el circulero, se encierra, pues ahora riega y mira, fuma con conmociones cercanas al cóccix desclasificadas de esos registros. Evoca. Lanza el éxtasis: tira al boleo una argolla de humo fina que da vueltas avanzando, y solemne encierra una bodega de centeno de dos pisos. El circulero sigue con la vista a su argolla al verla tan decidida a otorgarle más registros.

El granero internado dentro del humo circular y del agua, asomaba por una de sus ventanas un regio escote, bajo él un acordeón tocando una cueca chora. Cae transpiración en el instrumento por la prodigiosidad de la ejecutante. Hay música para registrar también. Se escuchan los acordes como canción de fondo para la acuarela de las mujeres encamadas, a las cuales se les están cayendo los bluyines hasta los tobillos para frotar, sobre sus pieles ásperas de vellos nuevos, sus muslos, con las manos hinchadas por circulación entrecortada de tanto pelar racimos, de tanto lavar ropa. La tetona percata ser el gustoso aporte rítmico para las mujeres y el circulero, pero insatisfecha con su gracia y enclaustrada como una monja celosa, hace derivar la punta del acordeón un poco más abajo de donde lo tenía prefiriendo favorecerse, desaparece dando un trato manso al pestillo de la ventana de madera que no cruje.

En la vuelta de la noche, luego de regar las lilas de un jardín, pasa el rastrillo con detalle el hombre del parrón, que recuerda cómo observaba hace un rato al circulero y sus registros.

Ricardo Véliz

***

Sobre el autor:

El autor de este cuento no posee publicaciones.

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