Ucronía

El corazón de Napoleón retumba siguiendo el ritmo del tamborilero. Frente a él se dibujan humildes granjas de adobe. Los campesinos huyen atemorizados. Aquellos más irracionales cargan sus carros con leche y trigo; otros, los más inteligentes, suben a sus hijos a hombros y corren a toda velocidad sin siquiera mirar atrás. El emperador espera con una paciencia impropia de su persona. No quiere dañarlos, pero sabe que si no desaparecen rápidamente pasarán por el filo de las bayonetas. Porque, más allá de las granjas, se alza el ejército de la Séptima Coalición encabezado por un duque de Wellington sediento de sangre, iracundo, sin honor.

Cuatro. El duque toma dos acciones: ordena cargar su artillería y mantenerse en posición defensiva. No se mueve un solo centímetro. Su estrategia consiste en esperar el avance del general de La Grande Armée hasta tenerlo a las faldas de la colina.  El enfrentamiento se ha repetido una y mil veces en las sufridas tierras de Bruselas y aun así el resultado siempre termina en lo mismo. Le Petit Soldier es terco, poco dado a la improvisación y al descubrimiento de nuevas tácticas, y por eso su derrota estaba escrita.

Nueve. Napoleón debe comenzar el ataque. Está nervioso, pero ¿por qué? ¿acaso no era él un confiado narcisista? ¿No era conocido por ser un estratega que jamás perdía batallas? Una voz en el cielo que identifica como la de Dios le susurra algo al oído: “ataca, hueón, ataca” y al escuchar esto, sin entender del todo el significado de aquellas palabras, siente como si un espíritu le poseyera y da inicio a la ofensiva. El sonido de la marcha se une al rataplán en una sinfonía que hace temblar la tierra. Napoleón y su ejército avanzan ocho metros, nada más que ocho metros y se detienen en seco. No lo comprende, es como si una barrera invisible no le permitiese dar siquiera un paso más.

Siete. Desde lo alto, Wellington da una orden y los proyectiles de hierro cortan el aire dejando una estela de miembros cercenados. El olor a sangre caliente se funde con el de la pólvora quemada y las heces de caballo. El conde se ahoga en carcajadas por el placer de ver tanto cuerpo mutilado. Le provoca gracia saber que más de algún campesino ignorante ha terminado despedazado por el fuego. Mientras ríe, observa a las hileras de excitados soldados ingleses liberar espuma por la boca producto de la adrenalina. No hallan la hora de tener en frente sus enemigos para someterlos de manera lenta, pueril y despiadada.

Cinco. El sol se asoma fugazmente entre las nubes grisáceas. Napoleón quema las granjas luego de buscar provisiones. Se siente desesperado, pero a último momento se le ocurre hacer una pequeña variante de su estrategia original. Es arriesgado, sí, pero ya no está dispuesto a continuar sometido a la humillación eterna. ¿cómo no había pensado en eso antes? Un atisbo de sonrisa aparece en su rostro. Pese a no demostrarlo, no sentía tanto júbilo desde que sus oídos escucharon por primera vez la épica melodía de La Marseillaise.

Seis, seis, cuatro, ocho, dos. El sol inicia el retiro por occidente. Napoleón está a pocos metros de llegar a su objetivo. En el camino ve caer a los suyos por montones. El pasto teñido de rojo exhibe trozos de intestinos, ojos, huesos y cráneos astillados. El tiempo apremia, de ponerse el sol se verá obligado a retirarse a sus estancias y detener la invasión definitivamente.

Cuatro, ocho, dos. Wellington se prepara para dar la orden decisiva. Ha sacrificado a sus granaderos y perdido buena parte de la caballería. Pese a ello, ya es capaz de saborear la victoria. En cuanto agite su tricornio, mil cuatrocientos fusileros ocultos entre la hierba se alzarán para sorprender a los invasores, rematarlos y acabar con lo poco que les queda de moral.  “Ahora sí que cagaste, franchute maraco”, piensa satisfecho.

Doce. El encuentro final. El ejército francés llega a su destino e inicia la forzosa escalada hacia la cima. Napoleón se detiene un momento y alza la vista con la esperanza de encontrar los ojos de su rival. Unos cuantos escaladores resbalan y caen de la cuesta por culpa del pasto humedecido. Él, a pesar de todo, no caerá. Hasta ahora su destino ha consistido en llevar a los miles de soldados que le acompañan hacia la derrota. Pero no, esta vez no. Esta vez está seguro de tener el poder para romper la rueda. Wellington, embriagado en su confianza, no se ha percatado de un pequeño detalle: la artillería francesa, oculta entre las granjas, apunta directamente hacia la posición inglesa ¿y qué necesitan para poder dispararse? Un doce.  El tronar de los cañones irrumpe en una carnicería que mata a cientos en el acto. Confusos, los hombres de Wellington buscan a toda costa escuchar el grito de retirada. Ese grito, sin embargo, jamás aparece. Porque, tendido sobre la tierra, ahora yace el gélido cuerpo del general británico rodeado de uniformados azules que lo miran con desprecio. Napoleón, ubicado a unos pocos metros del cadáver, se apea del caballo y camina hacia él a paso lento para disfrutar cada segundo del recorrido. Cuando está por presto a toparse con éste se detiene de golpe, desenfunda su espada y con la punta de la hoja le busca el pecho para arrancarle el corazón. “Gané”, grita, “¡gané!, ¡gané! ¡gané!”.

Pero cuando Napoleón está a punto de hundir el acero, un estruendo apocalíptico proveniente de los suelos penetra en el campo de batalla y comienza a temblar. La tierra, caprichosa como la historia, lanza por los cielos a franceses e ingleses, vivos y muertos, cañones y caballos, que desaparecen en la infinitud del firmament …

— ¡Tramposo culiao!

Unos dados me rozan la cara.

¿Ah? — atino a preguntar fingiendo sorpresa, luchando por controlar un vendaval de carcajadas.

La marcada yugular de mi hermano palpita con furia. Sus ojos se convierten en escenario de torrentosos riachuelos de sangre. Antes de retirarse de mi pieza, patea las piezas en el suelo y grita:

— Cargaste los dados. En la vida real estas hueás no pasan.

Patricio Fuentes M.

 

***

Sobre el autor

Nací en Puerto Montt el 5 de febrero de 1994. Dos años más tardes me mudé junto a mis padres a la ciudad de Santiago, lugar en el que vivo hasta la actualidad.  El año 2016 ingresé a la carrera de Literatura Creativa de la universidad Diego portales, en la cual continúo desarrollándome tanto en el aspecto académico formal como creativo.

En mis escritos intento conjugar aquellos aspectos que me apasionan en la vida: el cine, la literatura, la política y, como no, los videojuegos.

Un comentario Agrega el tuyo

  1. Joaquin mauriera dice:

    ¡¡¡Fantastico !!!

    Le gusta a 1 persona

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