La casa amarilla

Si fuéramos solo un relieve extraño de una pincelada arcaica, entonces diríamos que no a la ciudad que anda a gritos grises.

Un poco más allá de colores siúticos, ya no se pinta ni se raya.

Alguien se impone como un vidrio roto en el suelo de la casa amarilla.

Alguien se inmiscuye entre el cielo próximo.

El piso esta frio porque está descalzo, las escaleras no suben ni bajan. Ahora bien, esta casa amarilla esta en tu cabeza por ende puede estar en cualquier parte, pero tú no estás en ninguna parte. Tu solo estas dentro de la casa sin más. Pasara el tiempo mientras descubres cada rincón, las escaleras no suben ni bajan, las puertas no abren ni cierran. La casa no es grande ni pequeña.

Las hojas caerán, morirán, y nacerán como siempre.

El tiempo caminará por las civilizaciones que quiera caminar, y tú estarás en la casa mirando cómo llega con cosas para comer.

Caminas por la casa y sus paredes blancas descascaradas no te encierran ni te liberan, solo están los pasillos y tú. La casa no busca ser un espacio; no tiene espacios, no tiene lugares. Sin embargo, en sus pasillos te encuentras.

La casa no tiene muebles, pero tiene cuadros de girasoles que dada la casualidad son amarillas.

Cada vez que entras y sales de cada parte sientes estar en una sala donde el sonido nunca dejaría de resonar en las paredes, donde el eco sería infinito u otras veces en que simplemente chocas con espacios reducidos. Lo sé porque una vez estuve caminando por casa y no te encontré, en cambio tu me hallaste en papel.

Estuve aquí y ya no sé si estuve en otra parte. No sé si me fui alguna vez o si volví a estar aquí. No sé quién más estuvo aquí, pero sé que estuvo alguien más, y si te lo preguntas tampoco sé porque estamos aquí.

¿Por qué estamos descalzos?

La casa es amarilla y tu estas descalzo.

Hace frio, pero no el suficiente para que el aliento se exponga ante los ojos.

De vez en cuando avanza el eco de tus pasos.

De vez en cuando en la casa amarilla te puedes topar con gente que no escucha o que no ve, pero tú no hablas, porque lo hiciste. Tantas paredes blancas peladas y pasillos de madera cristalina conducen a ventanales gigantes, pero como las paredes son blancas y la casa amarilla la luz no calienta, entra por todas las ventanas que forman el ventanal a un costado del pasillo.

Ya no hace tanto frio cuando la casa está llena.

Cuando la luz externa, la que llamamos día, se va y deja la noche, nos encontramos un ambiente tenue de luces viejas, pero cálidas, como en un escenario las luces nos transportan a espacios que no son oscuros ni iluminados, la casa o lo que alcanzamos a ver de ella se baña de un ambiente de colores cobre.

Te cobijas en un calor mudo.

¿Habrá una canción para cada persona en el mundo? ¿Por qué será que la casa es amarilla? Miras lo que tu vista alcanza a mirar. Vez una casa distinta, se siente distinta. Aquí me di cuenta de que las paredes ya no eran blancas, los pasillos no eran largos ya que todo lo cubría la noche, tal vez seguían siendo largos, ¿quién sabe? Eso sí, el eco no es infinito ni tampoco resuena.

Ya nadie se inmiscuye en el cielo próximo.

Sientes la casa llena y ya no hay frio.

Aún así la casa sigue siendo amarilla y tú sigues estando descalzo.

Aún así pasan los días donde te sientes perplejo pero cada día un poco menos perplejo.

Todas las mañanas sales y miras la casa, cosa extraña porque sé que yo nunca salí a mirarla.

Todos los días la rodeas por fuera, pero cada vez de más lejos.

Cada día un paso más lejos. Cada día un poco más lejos, total si las hojas caen, mueren y vuelven a vivir como siempre que caso tiene no ver la casa desde afuera o no verla. Siempre estuviste descalzo en la casa amarilla, nadie dijo nada.

Ya no hay círculos fuera de la casa.
Ya no hay colores siúticos.
Ya no hay personas en la casa amarilla.
Ya nadie se impone como vidrio roto.
Ahora puedes estar en cualquier parte.
La casa amarilla no está en ninguna parte.

 

***

Joaquin Maureira, 18.

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