Punky veranista

– Sí, esta vez sí te creo. Ya no hueles a tabaco de vainilla.

Mi tía Isabel dice que dejó de fumar. Lo dice todos los días. Yo siempre hago como que le creo, porque me parece que lo último que se debe hacer con una enferma es cuestionarla. Es cosa de un par de horas a que lo olvide y vuelva a hacerse su puchito. Es cosa de un par de meses a que me olvide a mí también.

Ella siempre me pregunta qué fue lo que estudie, supongo que porque me ve trabajar en cualquier cosa menos de actriz. Por ejemplo, hace casi cuatro meses que hago de Uber. Le pedí a mi hermana menor, quien entró este año a estudiar enfermería, que se quede cuidando a mi tía mientras yo recorro Santiago en su Chevrolet Sail. Comencé saliendo de jueves a sábado en la noche, pero desde que un compadre me vomitó el piso del auto descarté ese horario para siempre. Ahora salgo a la hora del taco, porque también te piden harto y a diferencia de la mayoría de los conductores, a mí no me estresa. O sí, me estresa, pero también me llama mucho la atención; la gente actúa como en ninguna otra hora del día. A la hora punta, dios no existe. O acaso existe más que nunca.

Voy subiendo por Irarrázaval cuando me piden el segundo viaje del día. Siempre es una sorpresa quién se subirá a tu auto; su aspecto, sus maneras, su forma de dar las indicaciones. Lo que cuenta, si es que cuenta algo. Lo que pregunta, si es que lo hace. ¿Irá a llover o no al final? ¿Habrá taco si nos vamos por allá? ¿Desde cuándo que eres Uber? ¿Y, qué tal? ¿Te ha ido bien? A veces no dicen nada; se limitan a subir al auto, ponerse el cinturón  y pegar la vista en la ventana y es entonces cuando uno entiende que no hay que buscarle conversación, que ese momento es suyo para consigo, quizás el único de la jornada.

Algo que me genera una mezcla de miedo y excitación: no saber el destino del pasajero hasta que se ha subido. Espero a María José en Julio Prado 2143 un par de minutos. Trato de imaginarme el cuerpo que lleva ese nombre, María José, un cuerpo tradicional, delgado, no muy alto, de pelo castaño y rizado, jeans azules ajustados, cara sin maquillaje. Veo su silueta despedirse del conserje. Abre el portón del edificio, camina con prisa, se saca la mochila color mostaza del hombro, se sube al auto. Miro el celular para chequear la dirección. Avenida Perú 1299. La de Diego. La mía y de Diego antes de irme.

– ¿Alejandra? Hola, disculpa la demora

– No te preocupes.

– Lo pedí con anticipación, pero llegaste al tiro – sonríe.

No quiero hablar, pero ella parece muy animada. Es menor que yo. O al menos lo parece. Mira hacia la calle y a mí alternativamente, quiere conversar pero nota mi incomodidad.

– ¿Hace mucho que eres Uber?

– No, no mucho. Cuatro meses, más o menos.

– Ah, piola.

María José – ¿cómo le dirán, Coté, Jose, Mari…? – toma su celular y comienza a teclear, probablemente a hablar por Whatsapp. Aprovecho el semáforo en rojo para mirar de soslayo la pantalla. Necesito saber con quién se escribe. No logro leer los mensajes pero sí el nombre, “Punky Veranista”, y siento que mis manos se sueltan del volante y que el volante ya no existe.

Ahora sí, es seguro que se trata de Diego.

No sé qué es peor, que sea justo él o que lo llame por el apodo que yo le puse. Me lo imagino contándole que así le decían en el colegio, inventándole una historia en la que yo no existo. Podría ser otro, sí. Pero no conozco a nadie más que sólo haya sido punky entre diciembre y marzo porque en su colegio no era permitido usar mohicanos rojos. Nadie le dijo que a un verdadero punky no le importa lo que diga la inspectora.

Da el verde pero yo sigo en rojo, rojo sangre. En rojo mohicano. María José me mira inquieta, sin decir nada, esperando mi reacción que por suerte no tarda en llegar.

– Disculpa – le digo – no me siento muy bien.

– Ay, pobre ¿No quieres parar?

– No, falta poco. Gracias igual.

Seguimos avanzando, el resto del trayecto es eterno, sofocante. Las calles que conozco me hacen la desconocida; ya no pertenezco al barrio. Ni al edificio ni mucho menos a ese departamento, que a estas alturas, ya no ha de tener nada de mí ni de nosotros.

Llegamos, le digo, como si tuviera que decirlo. María José toma rápidamente sus cosas y se baja. Yo me quedo ahí, estacionada, mirándola hasta que entra. Pienso que es viernes y puede que salgan a comer, a bailar. Pienso que es viernes y quizás se queden tomando cerveza y tirando hasta dormirse. Pienso que puede ser una amiga, que puede ser una junta y que ella sólo es una más. Pienso que no debería importarme, que lo triste no es que él salga con alguien sino que yo no salga con nadie. Pienso que me he convertido en una especie humana que desprecio.

Oigo el sonido del citófono y miro hacia el portón del edificio. Veo entrar a varias personas con bolsas negras en las manos, probablemente con bebidas y botellas de pisco. De pronto se me ocurre la idea de seguirlos, de comprobar si van a mi departamento, mi ex departamento. Los imagino adentro, jugando al Cuarto Rey, fumando tabaco, comiendo papas fritas sobre el sillón de cuero que no me quise traer de vuelta.

Dejo caer mi cuerpo sobre el manubrio y cierro los ojos. Siento un cansancio nuevo, uno que no recuerdo haber sentido antes. Vuelvo a pensar en mi sillón, debería volver por mi sillón, pero otro día, un día en que me vea más resuelta. Sí, voy a venir a buscarlo, a decirle que lo necesito, que la Ale lo necesita, o a lo mejor le digo a ella que lo traiga, pero no, no va a querer. No es bueno que lo vea, a Diego. Lo quiere todavía, aunque no me diga nada yo sé que lo quiere. Me gustaría decirle que le hable, que no hay peor diligencia que la que no se hace, pero ahora no me salen las palabras.

Despierto en mi cama y la Alejandra lee en voz alta su guión. Hoy es actriz, hoy ha vuelto a ser actriz. Hace meses que no lo era, tanto que casi lo había olvidado.

De pronto, ella nota que estoy despierta y deja de leer. Me sonríe. Veo que hay tristeza en sus ojos, hace tiempo que la hay. Le sonrío de vuelta, le estiro la mano. Ella me la toma en seguida.

– Hoy…- trato de hablarle, a ella se le abren los ojos.

– ¿Qué cosa, tía? – deja a un lado su guión- Dígame, ¿Necesita algo?

La dejo esperando mientras recuerdo lo que quería decir.

– Hoy día fui…Hoy día fui a ver a Diego.

 

***

 

Malú González Cortés (Viña del Mar, 1993), autora de la novela Expropiación (Imbunche Ediciones, diciembre 2018) y del cuento Lo de Jozsi, ganador del concurso de cuentos Exploraciones Quiméricas (Lectio Ediciones, agosto 2018) en Ciudad de México.

 

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