El Reloj

Habían pasado tres semanas desde el accidente y ya había vuelto a la calle. Por primera vez desde ese día, decidió salir solo y para peor, de noche. “El cuerpo lo necesitaba”, se decía a si mismo, por más de que aún se encontraba con algunas secuelas de lo que pasó con su hermano, así que la invitación del “choro piraña” a carretear en su casa, del otro lado de la comuna, no era una mala idea. Aparte de que en la casa no tenía ni internet porque se lo habían cortado la semana anterior, la plata del hospital y funeral estuvieron primero. Se cuestionaba si realmente recordaba el nombre completo de su amigo, sólo tenía claro que le decían el “choro piraña” porque se comía lo que caía, en el lenguaje misógino del hampa y su mente estaba tan borrada entre humo y alcohol que, a esas alturas, daba lo mismo.

Salió a tomar el fresco abajo del departamento porque se sintió algo mal y se detuvo a mirar lo que había a su alrededor. El suelo no estaba pavimentado y estaba rodeado de edificios tipo block de departamentos que, con la escasa luz del alumbrado público, ni siquiera dejaban ver el color de su fachada. Miró su teléfono móvil, se percató que tenía muy poca batería y que por la parte superior aparecía un aviso de un mensaje de la Milyzen, madre del bichito que venía en camino. Estaba enojada y le reclamaba por una historia de instagram donde salía muy abrazado con dos niñas que le besaban las mejillas, aunque también había otra en donde le daba un beso a una, que seguramente también había visto. Ella no lo quería ni ver y eso le quitó la borrachera de un golpe. Dejó el teléfono en el bolsillo y se tomó la cabeza preguntándose qué estaba pensando y, en eso, quedó helado.

Se oyeron dos balazos al tiempo que sintió pasar fugazmente un auto por la esquina y detrás, un tipo con una pistola que dobló en dirección a él. Asustado, Bastián se vio en blanco y empezó a correr como si no hubiera un mañana. Corrió y corrió, corrió tanto que no supo cuantas calles cruzó cuando llegó a una plaza y se escondió detrás de una banca, jadeando de cansado y preguntándose en voz alta qué le estaba pasando, y hasta, como había visto tantas veces en TV, le dio por golpear el suelo, y lo hizo tan fuerte, que este gruñó.

– ¿Que pasa?- era una voz grave que emergía desde el frío.
– Perdone, no era mi intención – respondió tímido cuando se percató que le había dado en la pierna, tapada con algo parecido a una manta.

El Bicho se dejó caer sentado y con las manos en la cara, suspiró rápidamente y le cayó una lágrima. Sentía miedo, miedo por los balazos y porque no sabía qué venía para él. Si Dios quería el bichito venía si o si, y habrá que darle de comer. ¿Empaque? Le habían dicho que se ganaba algo, pero era complicado hacer un cupo. ¿La contru?, por pinta no lo iban a pescar, flacuchento y sin fuerza para nada. En esos arrebatos de locura se desahogó.
– ¡Por la chucha Bicho, piensa!
– ¡¿Qué pasa?! – se trató de erguir el tipo de la plaza
– Nada caballero – se pasó la mano por la cara- siga durmiendo
– No puedo dormir contigo lloriqueando por acá – se dio vuelta hacia el otro lado dejando ver un destello fugaz que emergía desde su muñeca derecha, era un reloj que rebotaba el foco de la plaza – así que o te vas tú, o me voy yo.

Bicho se movió y caminó hacía el otro lado de la banca en donde se sentó, pero sin perder de vista el reloj equipado en la mano que el mendigo dejaba ver en la parte superior. Se veía bonito y parecía que podría valer algo si lo vendía en la calle, el tema era quitárselo. “Habrá que esperar a que se duerma”, así que se sentó a aguardar mientras jugaba con la poca batería que tenía en el teléfono silenciado. Al cabo de diez minutos volteó y se acercó con mucho cuidado, se agachó y movió la mano para ver si el mendigo dormía, la respuesta fue positiva cuando se percató que la respiración era lenta; eso, según lo que había escuchado alguna vez, era crucial para saber si alguien dormía o sólo fingía hacerlo. Se acercó a la muñeca y tomó con sumo cuidado la correa que fue desabrochando lo más lento que le permitieron los nervios, y una vez lo tuvo suelto y en las manos, lo miró y alumbró con el celular. Era bastante viejo, pero pesaba un tanto, el diseño era antiguo y llevaba un fondo negro con detalles en color plata. Lo volteó y leyó detrás de este una inscripción: “Ramón Soto”, acompañado de un número telefónico. Guardó el gadget en su pantalón y se alistaba para marchar cuando se dio cuenta de que aún podría obtener algo más. Tanteó las chaquetas y sintió una billetera que revisó, también era muy antigua y no llevaba dinero, así que la devolvió, pero encontró en el mismo bolsillo un papel que desplegó con cuidado, pero aun así emitió un sonido que casi lo despierta.

“Soy Evaristo Soto y padezco de alzheimer desde el 2015, suelo perderme por las calles. Por favor, si leen este papel comuníquense con mi hijo, Ramón Soto al siguiente número…”

“Le estoy robando a un abuelito con alzheimer”, fue lo último que pensó cuando ya iba a dos cuadras, y ya había pensado a quien ofrecerle el reloj.

***

Patricio Cuevas. De septiembre del 94’ y oriundo (orgulloso) de La Pintana. Ingeniero en Administración de profesión y escritor de hobbie, amante del cine y el fútbol, hincha de #loscruzados. Escribe para mostrar su manera de ver el mundo. Algún día espera publicar un libro para que sus futuros hijos vean su nombre en las vitrinas y comprendan que siempre las ideas serán más fuertes que los golpes de la vida.

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