Migración de células cancerígenas

Eso del funeral me lo dijiste luego que se murió un tío tuyo y me obligaste a acompañarte al entierro. Al tipo ni lo conocías tanto pero tenías que estar allí, fingiendo una cara de llanto contenido frente a tus familiares. La representante de la funeraria llevaba una carpeta que abría a cada momento para consultar la pauta del evento y leerla al micrófono, sin cambiar ni omitir nada del texto: palabras de bienvenida, primer homenaje musical, ahora los familiares podrán decir unas palabras, segundo homenaje musical, a nombre de la funeraria quisiera citar un pasaje de la biblia…

Cuando el cajón terminó de descender, salimos casi trotando a tu auto. Una vez cerradas las puertas, respiramos con alivio. Esperamos a alejarnos un poco del cementerio antes de largarnos a reír. Entonces, durante la luz roja de un semáforo que en mi cabeza se demoró varios minutos, detuviste tu carcajada. Tu mandíbula estaba tensa. Me buscaste la mirada para pedir que no te dejara ser enterrado así ¿Era necesario tanto dramatismo?

Esa tarde bajamos a la playa. Llevábamos cerveza en las mochilas y un par de pitos. Tuvimos que fumar toda la hierba, beber varios litros de chela, revolcarnos en las olas y mear alejados el uno del otro, esquivando medusas, para que te armaras de valor y con la mirada enrojecida de mar, droga y fragilidad, me dijeras que habías ido al médico hace unos meses. Con la guata sobre la toalla y la cabeza apoyada sobre tus brazos cruzados, me dijiste que hace unas semanas te hiciste exámenes. La luz de un sol que irremediablemente caía bajo el horizonte marino se reflejaba en las gotitas que perlaban tu espalda, mientras decías que hace un par de días leíste los resultados. Recuerdo que por respeto, por pudor aprendido, desvié mis ojos de los tuyos y me enfoqué en lo hinchado de tu antebrazo, lo grande que era en comparación con el mío. No eran los genes, ni el resultado de aburridas jornadas de gimnasio y espejos, sino que la consecuencia física de años practicando con tu equipo de remo olímpico.

Fue la ligazón más evidente, la conexión mental que hice atrapado en los granos de arena que se desplegaban entre las dunas musculares de tu brazo. Oía tu voz y veía a las células cancerosas como tu equipo de remo, acaso células coordinando brazos microscópicos para boicotearte. Decías metástasis pero yo sólo pensaba en una carrera de botes, de esas que tantas veces vi desde la orilla, gritando como un imbécil, pensando que oirías a centenares de metros más adentro, alejándote con otros tres tipos tan fuertes como tú, resoplando, reclamando parcelas de agua como suyas antes que los demás. Así concebía la migración de los botes dentro de ti. En ese entonces habían empezado apenas la carrera. Y si los mares que albergabas no ofrecieron resistencia, quizás un día habrían de llegar a la meta.

Yo me acuerdo de estas cosas porque la cursilería siempre fue tu mejor traje. Tenías que salir de un funeral para planear el tuyo y, más encima, volverme cómplice. Si hubieses tenido la constancia para llevar un diario, ese día habrías escrito “Enterré a mi tío y pensé en mi entierro. En la tarde fui a la playa”. De entre todas las cosas que llegué a saber de ti: los regalos de cumpleaños que odiaste cuando eras niño, tu gusto de juntar caracoles los días de lluvia y hacerlos caminar por tu cara, la costumbre  de tu pene a erectarse hacia la izquierda, tu aversión intensa hacia el uso injustificado de anglicismos, entre todo eso, debía ahora posicionar en algún estante de mi memoria ese compromiso irrompible de sepultarte con la música que te gustaba. Debía resguardar desde entonces y para siempre un cassette que me confiaste para asegurarte que tu cadáver no soportara homenajes de mierda. Obviaste lo absurdo que era intentar llevar una radio antigua con soporte de cassette a un entierro. También obviaste lo absurdo de la elección musical.

Traté de razonar contigo. No iba a cuestionar uno de los derechos más íntimos que tiene un hombre, que es el de planear su propio entierro, pero por favor, ¿No podías pensar un poco en las caras de tu familia escuchando ese cassette de Misfits? Estaba bien que el punk te animara y todo, que te motivara a remar, a sudar y gritar junto a tus compañeros, pero podías elegir otra cosa. También podías elegir no exagerar con el tema. Planear tu funeral con ilusión sonaba demasiado a desearlo ¿Qué quedaba para el resto de nosotros? ¿Quién remaría con nosotros la barcaza agujereada de una despedida forzosa? Pero tú sonreías, te sacudías la arena, reducías la distancia entre nuestros pies a unos cuantos centímetros y salpicando baba me explicabas que ese cassette era importante porque te recordaba a nosotros. El lado A, decías, te hacía pensar en imágenes emocionantes, lapsos de estática que te conectaban a la respiración agitada que solo encontrabas con un remo en las manos. El lado B te parecía un paseo, una navegación por sensaciones desconcertantes. Decías todo eso de corrido, y luego rematabas afirmando que un lado eras tú y el otro era yo, continuándote, o precediéndote, dependiendo de cómo lo habías dejado la última vez que lo escuchaste. Pero hasta ahí me llega la memoria, ya en ese punto empieza el borroneado involuntario de un atardecer en cursiva.

A mí me gustaría poder hablar en presente, o en un definitivo pasado que se refiriese a ti sin incertezas sobre la regata que estaba ocurriendo en tu cuerpo. Pero la verdad es que ya me voy quedando con una idea inverosímil de lo que eran tus brazos, un recuerdo alimentado por una muerte que no se decide nunca a pasar. Me gustaría poder escuchar este cassette que tengo guardado en una caja de zapatos junto a otros tesoros, hacer mierda la cinta de tanto escucharlo, pero la amenaza permanente de una noticia fúnebre me detiene. Sé que esto último también es irreal. Solo tú me mantenías informado de tu vida, hasta que dejaste de escribirme hace años. He pensado en eso varias veces, si acaso no te habías muerto ya y yo no me enteré. Pero cómo saber realmente, cómo estar seguro de si acaso tu vida en un primer mundo, lleno de idiomas extraños, ciudades nevadas y botes surcando lagos de postal, te obligaría a echar al olvido tu cuenta chicopercebe83@yahoo.es, abandonarla por un perfil más serio, más digno de un tratamiento médico de primer nivel para un sudaca con una pobre imitación de acento británico.

Hace años que dejaste de responder y, siendo sincero, yo también he perdido el rastro de ese bote en el océano insondable del Internet, de los registros borrados de conversaciones intrascendentes, actualizaciones insípidas entre dos tipos que fueron quedando a la cola de otros centenares de emails. No creo poder encontrarte en ningún historial, y ni siquiera la nostalgia me permite evocar con fidelidad el último mail que nos enviamos. Pero sí recuerdo uno, o más bien, el fragmento de uno, la respuesta que me diste cuando te conté que aún tenía tu cassette, que cada tanto mi memoria volvía a esa tarde donde me dijiste que éramos el lado A y B de la misma cinta, y que no recordaba cuál de los dos lados era yo, por favor, recuérdame ¿Cuál de los dos lados era yo? Ese es el único mail que de verdad recuerdo, el fragmento de tu respuesta grabado en mi cabeza. Te imaginaba sonriendo, con los ojos rojos quizás de qué, droga, mar o fragilidad, escribiendo “No me acuerdo jajaja. Pero me gusta no saber qué lado es cada uno. Es más bonito así”.

***

Gaspar Zuñagua, nacido en 1990. Formalmente chileno, profundamente Coquimbano. Activista cola.  Amplia experiencia en el fracaso literario. Forma parte de Los Viajeros del Mary Celeste, grupo de narrativa en La Serena y Coquimbo que buscan potenciar este género a nivel local, realizando publicaciones autogestionadas y de bajo costo al alero del Taller Me Pego un Tiro.

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