Andar como los perros

¿Dónde anda mi papá?, pregunto, pero mi hermano ni se inmuta, se queda viendo la tele con la cara pálida, no pestañea. Pienso que su cabeza caería muerta si no fuera por el respaldo del sillón. Debe andar paseando al perro, me dice, mientras pasan comerciales por la pantalla. No sabe a qué hora podría volver.

Al Poncho lo trajeron en un camión. Mi papá trabajaba en una lavandería manejando camiones de carga. Llevaba ropa de un local a otro mientras iba sentado, a la altura de esos árboles viejos que levantan la vereda con sus raíces, en una máquina motorizada. Un día pasó por la casa a la mitad de una entrega con un perro entre los brazos. Dijo que estaba bajo las ropas sucias, que casi muere asfixiado mientras se revolvía con pánico entre las telas. Y por ese entonces el Poncho era una bola peluda del tamaño de mi mano.

Los perros pequeños siempre están tiritando. Recuerdo peguntar a mi padre el porqué de sus temblores. Nos tiene miedo, todo lo que está vivo tiene un poco de miedo, pero ya se va a acostumbrar. Y mi papá lo volvía a tomar y el Poncho se quedaba tranquilo, como si fuera acaso el mismo camión en miniatura con el que lleva ropa cochina de una comuna a otra. La jornada de trabajo termina y mi viejo decide apagar el motor.

Cuando el perro se queda con nosotros, Poncho siempre parece desesperar. Se sumerge en  los espacios de los muebles con el suelo, como si quisiera volver al mismo lugar estrecho de donde lo sacaron. Por qué será que se da con el papá nomás, dice mi hermano, mientras levanta las cosas para que yo lo pueda tomar. No sé, le digo.

En la botella todavía queda jugo, así que de ahí mismo me lo tomo. De pie frente al refrigerador pienso en que quizá mi papá tiene algo de animal, un aire perruno. Por ejemplo, antes de que tiemble, siempre sale corriendo para abrir la puerta. Nos dice que nos pongamos en la salida y al rato la casa entera cruje como lo hacen las guitarras viejas antes de quebrarse. Cuando está alegre, pareciera que sus pelos se levantan, sus ojos se vuelven saltones y comienza a dar vueltas por los rincones de la casa. Pienso que, si el papá tuviera cola, seguramente la movería.

En otra ocasión me contó que, cuando se juntaba con sus amigos, les era imposible quedarse en un solo lugar. Deambulaban por el barrio, a veces caminando por los mismos pasajes cinco o seis veces durante la tarde-noche:

Al tiempo la gente nos empezó a agarrar miedo, no tengo idea por qué, nadie del grupo era choro ni nada de eso, todos teníamos la misma care’hueón, pero yo creo que la gente tiene algo con los grupos grandes. Cuando pasas cerca un grupo de más de cuatro personas, siempre te da algo, como un amago de soponcio. Pero lo que más incómoda creo yo es cuando uno ve gente que se junta porque sí, y sale a caminar porque sí y hace todo porque sí. No sé cómo chucha se puede estar tanto rato escondí’o en una casa. Fíjate, los perros andan todos juntos y son súper simpáticos. Si cuando el piño de animales se pone agresivo es porque están caga’os de hambre. Todo se resuelve con un plato de comida, pero la gente igual prefiere esconder a sus cabros chicos. Que tienen infecciones, dicen, que te pueden morder. Puras tonteras nomás.

Cierra el refri, estai’ gastando luz. Pero lo cierto es que mi hermano ha estado con la tele encendida desde la mañana. El sol ya está bajando. Entonces, cuando cierro la puerta del congelador, le digo que voy a salir a buscar al papá. Afuera hace tanto calor como dentro de la casa, lo que hace del pasaje un pedazo de tierra abandonada. Si no fuera por los autos que pasan, quizá pensaría que todo se trata de una mala pesadilla. Cuando llego a la esquina encuentro a mi papá. Está debajo de un árbol mientras el Poncho le huele los pantalones. Y ahí nos quedamos, a la sombra de las ramas.

– Que hace calor-. Lo digo como por decir algo.

– Sí, ‘ta pegando fuerte el sol.

– ¿Le trajiste agüita al Poncho?

– Sí, hace poco se la tomó.- Lo dice mirando al perro. El Poncho deja de olerlo y levanta una pata para mear el árbol.

– ¿Mañana tení¡ que trabajar?

– No, me echaron ayer, pero no le cuentes a tu hermano.-. Y el Poncho sigue meando. La pata le tirita como si le costara un mundo levantarla.

– Bueno.

– Gracias.

– ¿Y por qué te echaron?

– Recorte de personal, pero parece que querían echarme de antes.

– Qué mal.

– Sí. Mala cosa.- Lo dice mientras se queda mirando las ramas.

– Tengo ganas de mear.

– Anda pa’ la casa, estamos al lado. De ahí te sigo.

Entonces me pongo a un costado del árbol y me bajo el cierre. Mientras el agua baja por la corteza del tronco, un viejo me mira feo desde una ventana. Las arrugas endurecidas de su rostro se traslucen por la cortina. Mi padre no dice nada, pero sé que le duele algo dentro, acaso más al fondo que sus propios huesos. Si dijera una palabra, los sonidos saldrían rotos. Ven tú igual, le digo, ven a mear. Y al rato estamos los tres, casi abrazándonos con las piernas, temblando como lo hace el Poncho, mientras el cielo comienza a cobrar un tono rojizo. Y cuando ya no queda nada más por hacer, nos damos la vuelta Nos marchamos como suelen irse los perros después de mear una cuneta: Cabeza gacha, hocicos entreabiertos. El anciano de la ventana ya no está.

***

Víctor González Astudillo. Chile. 1996. Finalista del XIV Premio Internacional Gonzalo Rojas Pizarro en categoría relato con el cuento Primeras letras y escrituras. Tercer lugar del concurso Relatos de verano, Universidad Alberto Hurtado. Ha sido publicado en diversas revistas literarias y portales web, tales como  Kaleido, Espora, Nuevo Milenio, Monolito, Libro de arena, Letramía, Palabrerías, entre otros. Actualmente cursa una Licenciatura en Lengua y Literatura en la Universidad Alberto Hurtado.

Correo: v.gonzalez21@outlook.com

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