12 horas, 12 años

– ¿Estás durmiendo? – pregunté, temerosa, al salir del baño. Solo sentí que hizo un sonido extraño y luego escuché salir el aire de su respiración, Entonces lo confirmé acostándome al otro lado de la cama: Él ya dormía.

Ha sido una noche difícil, extraña y más aún después de como se había dado nuestro día. Por la mañana, Joaquín me pasó a buscar a casa en su auto. Era la primera vez, en  tres meses de relación, que saldríamos por un día completo y que me quedaría afuera con él. Mis papás me miraron a regañadientes, pero entendieron que, a mi edad,  de a poco comenzaría a despegarme de ellos para tener mis propias experiencias. Y en eso, el Joaquín era casi el niño símbolo, al menos para mis papás que lo miraron de pies a cabeza. No los culpo, soy hija única, siempre hablan de mi como su tesoro y él era el pirata que se lo quería robar, un pirata con aires de rockero.

Fuimos al zoológico, ese que está fuera de la capital y en que los leones se te suben encima. Tenía muchas ganas de conocerlo y él también, así que decidimos ir y lo pasamos muy bien. Entre otras cosas, alimentamos jirafas, paseamos a caballo, vimos muchos animales desde cerca y ¡los leones se subieron en nuestro jeep! Fue emocionante, y qué bueno que fue con él, se nota que también lo disfrutó. Lo pasamos tan bien que olvidamos almorzar, así que de regreso a la metrópoli paramos en San Bernardo para pasar a comer algo en un restaurante que hay en el centro, nada muy ostentoso, nada muy barato, era perfecto para nosotros. La comida estaba muy rica y él se sorprendió de que yo comiera ají porque a él no le gusta. Eso lo saqué de mi papá, que es fanático. El resto de la tarde se nos fue paseando por ahí cerca, por el mini mall y las tiendas que lo rodean. Es grande San Bernardo, no pensé que lo fuera tanto.

El problema, si se puede decir así, comenzó cuando llegamos acá. Como él es mayor de edad, no nos pusieron gran problema en la entrada y yo pasé colada. Entramos a una cabaña muy bonita, tiene TV y un baño muy cómodo.  Yo ya sabía a lo que venía, lo habíamos conversado y yo accedí,  quería que fuera con él y él estaba muy nervioso, pero se le notaban las   ganas. Él no era virgen y yo lo sabía desde antes y lo aceptaba, a nosotras nos gustan más experimentados a nuestra edad, pero dicen que preferimos más jóvenes cuando ya somos mayores ¿Será verdad? ¿Por qué?

Joaquín, un poco nervioso, me empezó a besar despacio y yo dejé que me llevara, que me condujera por los caminos que nunca había transitado. Sentí sus manos recorrerme lento y meterse por entre mi camiseta para entrar a mi espalda contrastando su frío con las llamas que me empezaban a consumir. Al mismo tiempo, yo cruzaba mis brazos por sobre su nuca y seguía besándolo con el amor que habíamos acumulado desde que nos conocimos en el pub unos meses atrás. Sus manos me liberaron de mi polera y dejaron al descubierto mi piel de gallina, temerosa y ganosa a la vez. Nos tumbamos sobre esta cama y sentí como acariciaba mis nalgas con ternura y bravura, mientras yo me quitaba las zapatillas a la fuerza, entonces me volteó y quedó encima de mí, sus labios viajaron por toda mi piel desde mi boca hasta cruzarse a mi ombligo, donde se detuvo y desabrochó el botón de mis jeans para quitarlos. Me dejó solo en ropa interior ante sus ojos que bramaban sexo. El reloj  silbó las diez de la noche y ambos estábamos a punto de dar el paso,  sus manos despacio se escurrieron por la curva de mi cadera para entremeter sus dedos en mi calzón y deslizarlo despacio hacia abajo, mi piel se entumeció poco a poco y cada vez más, hasta que mi mente se fue a negro de un segundo a otro y al siguiente vi en mi retina una imagen que creí haber olvidado.

Las manos de Joaquín se hicieron de pronto más gruesas y robustas, se tornaron ásperas a cada instante y se introdujeron en mi vagina a pesar de que ya lo había quitado de encima. No sé con qué rostro me miró, solo sé que me preguntó qué me pasaba y jamás le pude explicar que su cara era la cara de mi tío y que mi cuerpo de mujer se redujo al de una niña indefensa en mi habitación en una fiesta de cumpleaños de mi papá, que el amor, el deseo y la ternura que sentía, habían mutado a una pena y un asco que me acompañaba oculto en un rincón de mi mente desde hace más de una década  Tenía cinco años y jamás me pude olvidar. Hoy tengo diecisiete y mi pololo golpeaba la puerta del baño mientras yo no paraba de llorar sentada en el inodoro gritándole que me dejara tranquila. Cada golpe suyo a la puerta era uno más que sentí que yo misma le daba a él. No supe cómo decirle, y lo peor es que nunca he sabido como hacerlo,porque es como si la mano asquerosa de mi tío me tapara la boca cada vez que trato de ponerlo en palabras.

Ahora veo a Joaquín dormir y, lo peor de todo, es que siento que la culpa no es mía.

***

Patricio Cuevas. De septiembre del 94’ y oriundo (orgulloso) de La Pintana. Ingeniero en Administración de profesión y escritor de hobbie, amante del cine y el fútbol, hincha de #loscruzados. Escribe para mostrar su manera de ver el mundo. Algún día espera publicar un libro para que sus futuros hijos vean su nombre en las vitrinas y comprendan que siempre las ideas serán más fuertes que los golpes de la vida.

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