Trucos de magia

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Un sábado de noviembre, Daniela dejó inconcluso uno de los capítulos de su tesis de Magíster en Literatura y prefirió salir a juntarse con sus amigos de la Universidad, quienes arrendaban hace poco un departamento compartido en Ñuñoa. A sus 25 años ya había logrado gran parte de las aspiraciones que cualquier mujer de su generación podía tener, si es que había estudiado en un colegio particular pagado que la encaminara hacia la obtención de un título profesional y la independencia económica. Sabía que se estaba permitiendo ser algo irresponsable, pues debía cumplir con la entrega del borrador a más tardar a fines de diciembre.

En el colegio siempre había sido la mejor del curso, la más estudiosa y organizada, incluso en la Universidad sus compañeros solían pedirle sus cuadernos para sacarle fotocopias, pero era joven y también quería divertirse. Tomó una micro en el centro, que era donde hace un año había conseguido arrendar un departamento para ella sola gracias a las clases que hacía en un conocido Preuniversitario. Se bajó en Grecia frente al Estadio Nacional y desde allí caminó por Maratón hasta José Domingo Cañas escuchando “Love will tear us apart”, su canción favorita de Joy Division.

 

Una vez reunida con sus amigos, entre las jóvenes promesas de la poesía chilena y los incipientes ayudantes académicos orgullosos de sus triunfos en postulaciones a Becas y Fondos de Cultura, Daniela encontró a Roberto, un coronel de Ejército de 27 años, quien parecía ser soltero, al igual que ella. Después de un par de cervezas, Roberto ganó confianza y, alentado por alguno de los poetas en vísperas de su primera publicación, se dedicó a mostrarle a los comensales su talento oculto. Sacó su naipe inglés, barajó las cartas prolijamente y empezó: “corta”, “escoge un mazo”, “escoge una carta”, “muéstrala”, “que todos las vean”, “yo no la he visto”, “no sé qué carta es”, “¿era esta tu carta?” Acertó en todos los trucos y el grupo literario interactuaba fascinado, entregado al juego y al alcohol.  ¡Qué entretenido parecía para Daniela!

Tras haber pasado a la piscola, los demás alternaban las conversaciones sobre el impacto de las redes sociales en la difusión de la obra de arte con los tradicionales reproches: “seguro se te olvidó que yo te presenté a la ayudante de pragmática pa’ que te dejara publicar en la revista”, “¿acaso no te acordai que cuando te pedí que me invitarai al encuentro de poesía joven te descartaste diciendo que no teníai ninguna influencia en la elección de la gente que iba a participar?”, “pásame el hielo mejor y tú, no te tomí toa la bebia.”

Daniela, que no solía participar en ese tipo de discusiones, se preguntaba quién le podría regalar un cigarro. No fumaba habitualmente, pero tenía una regla: después de las doce y con cuatro copetes era el momento de empezar a fumar. Entonces vio que Roberto había salido al balcón. Ahí, entre la ropa tendida y los cactus sin regar hace meses, él le ofreció un cigarro y le contó que era amigo del hermano de José Manuel, uno de los inquilinos ocasionales, que era traductor y que estaba casi separado. Ella prendió su primer cigarro de la noche presumiendo una nueva teoría.

—¿Te has fijado que los simples juguetes de “Toy story” representan toda la historia de Estados Unidos? — No podría decirse que a Roberto le interesaba el tema, sin embargo, estaba intrigado.

—¿Cuál? ¿La uno?

—Sí, la uno, la verdad es que no he visto las otras —respondió mientras botaba el humo.

—¿Cómo así?

—Claro, es como “2001, Odisea del espacio” —comenzó a explicarle moviendo rápidamente las manos—,  ¿la viste, cierto?

—Sí, sí la vi —le contestó él esta vez sonriendo.

En ese instante Daniela supo que era el momento de hacer suya una idea que un profesor universitario había comentado en clases de pregrado: —Bueno, cuando en la película “2001” el mono lanza el hueso hacia arriba y la cámara enfoca solamente el hueso en el aire y después el hueso que tiró el mono se transforma en una nave espacial a través de una espectacular técnica de montaje, ese cambio de cuadro, esa elipsis temporal, en el fondo resume toda la historia de la humanidad. Así mismo, en “Toy story” tenemos al granjero y al astronauta, ¿me entiendes? y ese cambio de paradigma resulta ser el gran conflicto de la película, porque hay un pasado rural que se resiste a dar paso a la conquista del espacio.

—Mmm… No sé, pero puede ser —fue lo único que a Roberto se le ocurrió decir al respecto.

Entonces entraron, porque Daniela quería ir al baño. En cuanto  salió, Roberto la invitó a tomarse un mojito a Manuel Montt. Había llegado en bicicleta, pero podía dejarla en el departamento hasta el otro día. Era buena hora para despedirse, pues los amigos literatos ya habían comenzado a bailar los hits noventeros como “Disco 2000” de Pulp y “1979” de Smashing Pumpkins, quitándose la ropa y lanzando un rollo de confort de un extremo al otro de la sala de estar en señal de afecto y fraternidad, como si nunca se hubieran destruido el ego los unos a los otros. Mientras Daniela y Roberto bajaban juntos la escalera y él la tomaba de la cintura, adentro sonaba The Smiths:

“Take me out tonight

Oh, take me anywhere, I don’t care

I don’t care, I don’t care.

Driving in your car

I never never want to go home

Because I haven’t got one,

Oh, I haven’t got one.”

 

—Tengo que contarte algo, es serio, no debería, porque si ellos saben que te lo estoy contando a ti, que eres civil, puedo tener problemas. Es que no le he dicho a nadie, ni a mi familia, pero me voy a ir al norte, o sea, me asignaron para una misión en la frontera, es terrible, nadie sabe, pero va a haber una guerra, ¿te imaginas eso? Pueden morir compañeros, amigos, y yo voy a estar a cargo y voy a tener que cumplir porque es por el bien del país, si no Bolivia y Perú nos van a invadir. Esto no sale en la prensa, pero es verdad, hay evidencia de que se están armando y están listos para atacarnos, me da mucha pena, pero es cierto, se nos viene una guerra—.

Roberto estaba llorando, sentado en el bar con un ron en la mano. Se compadecía por el destino de sus camaradas del Ejército, sabía que su carrera se trataba de eso, de matar o de morir, pero hasta ahora no había sentido la angustia de tener que ir a la guerra para mantener la paz. Daniela estaba incrédula, analizaba cuidadosamente su discurso, palabra por palabra. Se quedó un buen rato pensando en lo dicho y también en lo no dicho. Sin embargo, ya era tarde, estaban ebrios y por más que lo intentara no lograría sacar conclusiones al respecto.

Daniela no recuerda quién pagó la cuenta. Roberto la pasó a dejar a su departamento esperando poder subir. Esa noche intentaron tener sexo pero no pudieron, a él no se le paró o bueno, sí, pero no lo suficiente. Durmieron cada uno en una orilla de la cama, ella pensando en que nunca más se dejaría llevar por un truco de magia y él imaginando las posibilidades de que lo llamaran del Ejército para ser parte de una guerra, sabiendo que ahí no podría usar sus trucos de magia para engañar a nadie.

Maritza Requena de la Torre (Santiago, 1984) es Licenciada y Magíster en Literatura de la Universidad de Chile. Ha participado en los talleres de creación narrativa de los escritores Nicolás Cruz Valdivieso y Cynthia Rimsky. En 2017 obtuvo una mención honrosa en el 7° Concurso Nacional de Cuentos Teresa Hamel, organizado por la Sociedad de Escritores de Chile, SECH.

 

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