San Sebastián

Las vacaciones en Parral partían, alegremente, con mi papá manejando mientras escuchábamos a todo chancho las radios rurales que mi mamá se encargaba de sintonizar mientras avanzábamos por la carretera. Con mi hermana, en los asientos de atrás, nos sacábamos las zapatillas, comíamos Super8 y tomábamos Kem Piña.

Por el contrario, las vacaciones siempre terminaban con mi papá llorando desde que cerraba el portón de la casa de mis abuelos hasta que llegábamos a la carretera. El viaje de vuelta a Santiago era  siempre en silencio y yo me obligaba a dormir, porque cuando era niño no sabía cómo enfrentar el hecho de ver a mi papá con pena.

La familia de mi papá era devota a San Sebastián porque mi abuelo estuvo embrujado y casi se murió. Mi abuela, mujer abnegada, le hizo una manda al santo de Yumbel para que su esposo no muriera. Como mi abuelo no murió, ella se vistió por siempre con vestidos amarillos con una cinta roja y en su clóset se almacenaron al menos una docena de réplicas de ellos.

Durante las vacaciones, todas las tardes de los miércoles y sábados, rezábamos un rosario alrededor de la gruta a San Sebastián, rodeados de las hortensias celestes que tenían mis abuelos en el jardín. Mientras rezábamos, yo observaba el esculpido torso del santo desnudo, amarrado a un palo y atravesado por flechas. Su mirada perdida, no era una mirada de dolor, sino de miedo. Los dios te salve maría se me hacían eternos entre misterios dolorosos y gloriosos, así que ese verano decidí refugiarme en el pecho de San Sebastián.

Una noche, después de la once, el Manuel, mi primo, se sentó al lado mío en el living mientras organizábamos qué hacer para no aburrirnos. Éramos tantos primos que siempre  terminábamos gritando y peleando. Como esto volvió a suceder, yo me amurré y el Manuel me miró y se rió.

–         ¿De qué te reís?

–          De tu cara, enojón.

 

Esa fue la primera vez que pensé que bastaba con que alguien mostrara interés por mí para que eventualmente pudiese gustarme. Empecé a fijarme en el Manuel solo porque le gustaba molestarme.

Cuando me mandaban a sacarle los pelos a los choclos para hacer humitas, él me mezclaba los que estaban listos con los que aún tenían que ser trasquilados. Cuando le robaba helados del congelador a mi abuela, él se encargaba de que ella se diera cuenta. Ella nunca me retaba, pero siempre me miraba con ojos de monja dictadora.

Distinto era cuando estábamos rezando. Mis ojos y mi concentración, refugiados en el torso flechado de San Sebastián, eran distraídos por los leves codazos que me pegaba el Manuel, que siempre se encargaba de estar a mi lado en el ritual familiar. San Sebastián miraba hacia arriba, pero nosotros mirábamos hacia abajo, todos con el rosario en las manos tocando las bolitas que parecían no tener fin.

Los oblicuos de San Sebastián se llevaban mi atención, fueron los responsables de mis primeras erecciones conscientes. La figura de yeso que tenían mis abuelos no era especialmente detallista, pero en el torso del santo se podían ver claramente unos pectorales marcados y unos oblicuos sobre la manta arrugada que le cubría la pelvis. Más de alguna vez quise tocarlo, pero la culpabilidad siempre fue más fuerte que el deseo. El brazo de San Sebastián sobre el palo dejaba ver una axila perfecta que en sueños me hacía eyacular sobre la cama mientras pasaba mi lengua sobre ella.

El Manuel se daba cuenta de mi atención en el torso del santo y por eso me pegaba los codazos mientras rezábamos. A mí me daba lo mismo porque no podía acusarme de nada concreto, pero  muchas veces me sentí culpable  después de mis pensamientos impuros y me iba a llorar al baño porque era el único lugar en que podía estar completamente solo.

Aparte de rezar, para mi familia campestre lo más importante eran las siembras. Mi abuelo siempre trillaba el último sábado de enero, era una especie de ritual que hacía que la cosecha fuese buena. Toda la familia se juntaba para esta fecha y, de una forma u otra, ayudábamos en algo.

Los primos más chicos nos subíamos al coloso, una especie de vagón abierto que va atrás del tractor. En él caía el trigo cosechado en el que nosotros quedábamos enterrados, mientras los saltamontes saltaban sobre nuestras cabezas y nuestros cuerpos quedaban inmóviles. Cuando llegábamos a la casa para que mi papá con mis tíos abrieran las cortinitas del coloso, mientras se hacía una cascada de trigo que ellos echaban en sacos, poco a poco, nos íbamos desenterrando. Así, ese día los más chicos pasábamos la tarde enterrándonos y desenterrándonos.

Ese verano y en esa trilla, el Manuel no me hablaba ni me miraba. Yo, mientras me desenterraba del trigo, quería que buscara estar cerca de mí. Cuando pude moverme bien, corrí a la cortinita que estaba al lado suyo para empujar el resto de trigo y que cayera al saco. Fue ahí cuando me miró y, por primera vez, sentí que alguien me miraba con deseo.

Sentí frío en el cuerpo y el Manuel corrió la mirada para concentrarse en su labor en la trilla. Yo lo imité e hice lo mismo. Mi papá me gritaba que echara el trigo con más fuerza, que no caía lo suficientemente rápido. A mí ya me dolían los brazos y sus gritos cada vez eran más fuertes. El Manuel fue a ayudarme y, al bajar del coloso, mi papá me miró con su habitual rechazo.

Al comenzar la fiesta luego de la trilla, todos estaban felices porque la cosecha había pasado con creces las expectativas que tenía mi abuelo. Antes de empezar a comer el cordero y la vaquilla que se estuvieron asando durante toda la tarde, mi abuelo dio las gracias a San Sebastián por ayudar y cuidar siempre a su familia. Mi abuela, sentada a su lado, asentía.

El Manuel se sentó al lado mío y se encargó se servirme harta carne y papas mayo porque sabía que me gustaban. Yo le decía que no tenía tanta hambre, pero él insistía en que comiera. Nos hicimos unos combinados de Sprite con Fanta mientras nuestros papás se servían Lomas de Cauquenes, el vino que todos los papás tomaban en Parral.

Cuando terminamos de comer, el Manuel me preguntó si quería un dulce. Me dijo que fuéramos a sacarle algunos a la abuela, que él sabía que los escondía en el cajón de los sostenes. Esperamos a que nadie estuviese atento y entramos a la casa, mientras nuestros papás y tíos bailaban corridos y rancheras.

La pieza de mis abuelos era una especie de altar barroco con al menos treinta cuadros de santos y figuras de yeso. Esa noche, al centro, había un San Sebastián con dos velitas prendidas a cada lado.Entramos y el Manuel se fue directo al clóset. Acá están, me dijo, mientras abría el cajón de los sostenes. Me dio risa y me acerqué a ver rápido qué había ahí. Muchos chocolates estaban escondidos bajo la lencería de mi abuela. Saqué uno y el Manuel otro. Los comimos, y él se puso uno en la boca y me quedó mirando.

–          Sácamelo  me dijo, sin poder mover mucho los labios.

–          Así no po, con la boca – me dijo cuando traté de sacárselo con la mano.

–          ¿Cómo?

Entonces entendí y me acerqué. Me tiritaban las piernas y el Manuel me miraba riéndose. Le tomé un brazo con mis manos y acerqué mis labios a los suyos para morder el chocolate que salía de su boca. Sentí su aliento sobre el mío antes de pegar la mordida.

–          ¡Maricón!-  me gritó el Manuel.- Siempre supe que erai un maricón culiao.-

No dije nada, pero él me agarró de la cintura. Sentí su pene caliente y erecto junto a mí. Me dio un beso. Yo trataba de soltarme y no podía, forcejeé y boté una de las velas de San Sebastián que cayó sobre un paño tejido a crochet que comenzó a incendiarse.El Manuel tenía los pantalones abajo cuando entraron nuestros papás y tíos a ver qué pasaba. Mi papá miró al Manuel y a mí, pero no dijo nada. Agarró rápido una frazada de la cama y cubrió el fuego para apagarlo.

Salimos y nadie dijo nada. Mi tío mandó al Manuel a acostarse y mi papá no me dirigió mirada alguna. Me tomé un combinado de Fanta con Sprite y me fui a acostar. No podía dormir, así que le recé a San Sebastián para que me ayudara a dejar de pensar en otros hombres y en él .

Al otro día nos levantamos y mi papá nos dijo que nos devolvíamos altiro a Santiago. No me dejó ir a despedirme del Manuel ni de mis primos. Antes de irnos, solo pude decirles chao a mis abuelos y al San Sebastián que estaba en el jardín. Mi papá cerró el portón, subimos al auto y yo cerré los ojos para intentar dormir mientras las lágrimas comenzaban a caer por su rostro.

***

Jorge Urrutia (Parral, 1988). Capricornio. Estudió Licenciatura en Letras Hispánicas y Gestión Cultural (PUC). Fan de Almodóvar y las papas fritas. Actualmente es Director de Weye, proyecto de fomento a la lectura y escritura creativa que realiza ciclos de talleres que tienen los márgenes sociales como lugar de enunciación: desde ahí se habla de género, sexualidad, raza y clase.

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