Mi rozen maiden

A la Susana la conocí almorzando algo chancho con la Cata, en las faldas del Santa Lucía. Ella estaba semi desnuda entre unas enredaderas. En ese entonces se llamaba Barbie y parecía escapar de una vida burguesa llena de fiestas decadentes. La sentamos con nosotras para compartir un pito a modo de sobremesa. No hablaba nada, pero sonreía, feliz de escucharnos. Se veía preciosa.

Esa misma tarde, cuando noté que no tenía donde ir, la traje conmigo. Aquellos días jamás imaginé que sería por tanto tiempo. Vivía y vivo en una pieza de esos cités tenebrosos que perduran por Estación Central, frente a la USACh. Pensé que nos faltaría espacio o que ella no encajaría en el barrio, sin embargo, nos acomodamos muy bien y las carencias que llenaban el lugar no lograron  deformar su permanente sonrisa. Era muy simple, no parecía identificarse con ningún lugar o idea, excepto ser admirablemente hermosa. Eso era lo único que parecía definirla.

Durante esos primeros días en los que se adaptó tan fácilmente, empecé a desear que se quedara. Llevaba cuatro años tratando de hacer de mi pieza un hogar y las muñecas siempre han ayudado a dar una sensación casera. Disfrutábamos mucho jugar juntas: sugería que la instalara , por los pocos muebles que poseía, en intrépidas posiciones, logrando hacer precioso cualquier rincón. Durante esos juegos, mientras nos hacíamos amigas, fue que empezó a llamarse Susana.

Ella era una excelente compañera. Aquel año, el último de mi carrera, cuando se mudó conmigo, fue en el que me sentí más apoyada. La Susana adquirió un sorprendente interés por mis lecturas. La ponía junto a mí, en el escritorio mientras estudiaba, para que me hiciera preguntas sobre diversos temas. Desarrolló una gran curiosidad por todo lo que me parecía interesante, intelectualmente estimulante o meditativo: leer, ir a yoga, trabajar en el pequeño jardín que había armado, usar la bicicleta y, por sobre todo, escribir. Me incitaba a todas esas cosas que, pese al poco tiempo que dejaba estudiar, trabajar y vivir con lo justo, me apasionaban. Fue un tiempo muy bello.

Mi práctica de pedagogía en artes visuales la pasé armando planificaciones y ensayándolas con ella. Le explicaba la aplicación correcta de ciertas técnicas, pero más que nada historia y teoría, que era lo que más nos gustaba. Fue la estudiante perfecta y a mí me sirvió mucho. Además, era rico hablar de cosas del arte que me interesaban e inquietaban con alguien que las entendiera. Cuando tenía noches libres, y no aparecía ningún wasap prometiendo fiesta, tomábamos vino, a veces cerveza, y nos fumábamos un caño. Estábamos hasta tarde escuchando música y creyéndonos el cuento de artistas. La Susana siempre se sacó, como improvisando, las performances más ingeniosas, filosas e interesantes. Yo moría de risa, aún lo hago solo con acordarme, y mejor aún, varias continúan pareciéndome interesantes. No le costaba nada hacer y proponer lecturas sobre estética, era seca y aún lo es.

Jamás había pensado que un juguete como ella se sentiría tan cómodo conmigo. La admiraba al punto de los celos, lo tenía todo, o al menos todo lo que yo no tenía. Era tan inteligente que me provocaba cierto pudor el nivel de intimidad que compartíamos.

Ese semestre lo aprobé sin problemas. Fue después cuando de verdad vi el apoyo y el talento de la Susana. Tenía que hacer mi tesis y aún no la definía. A pesar de mi destreza en ramos pedagógicos, tenía la esperanza de poder desarrollar un proyecto artístico interesante. Una de esas noches de beber con la muñeca, celebrando las vacaciones de invierno, me propuso nuestro primer trabajo: mi tesis sería un fotomontaje de distintas escenas que cuestionaban el papel de la muñeca Barbie como productora de cánones exitistas, desde lo físico a lo profesional, en las niñas. Una propuesta novedosa, en comparación a lo que siempre había mostrado a mis profesores.

La obra consistió en tres sesiones, de seis a ocho fotos cada una, que contaban “historias del éxito” en las que el cliché tomaba distintas formas. Estas tres narraciones se proyectaban por separado, dentro de una misma habitación, al mismo tiempo y acompañadas permanentemente por una canción para niños. Ella protagonizó las fotos, también propuso dos de los guiones para las sesiones, las mejor logradas de hecho, y ayudó soberanamente en la edición de la obra. Fue modelo, productora y co-directora, pero me pidió a mí que hiciera los textos, que aparecerían como subtítulos en las imágenes, para hacerlas más comprensibles. Me dijo que el texto era lo más importante en el arte y que yo redactaba excelente.

Fue divino, yo estaba admirada de ella y nunca me había sentido tan segura. Jamás había volado tan alto, aunque solo se tratara de una tesis de pregrado.

El montaje fue difícil. Yo aún tenía que dejar de jugar los fines de semana para trabajar como vendedora de retail en el falo que se erige por Tobalaba. Tenía poco tiempo y aún menos recursos, así que tuve que acudir a muchas amigas que se sintieron dichosas de apoyarme en la primera, y espero no la última, labor artística de mi vida. Me prestaron proyectores, la cámara, una sala y parlantes para realizar las sesiones. También todas fueron a vernos cuando presentamos, fue pequeño y mucho más simple de lo que describo, pero estaban chochas. Mis profesores quedaron tan fascinados y sorprendidos que se lo mostraron a otros académicos, desde esos círculos llamaron a la Susana para ofrecerle un pedazo de cielo.

Así se ganó el fondo para su proyecto actual, que cuenta con un presupuesto y beca de mantención absurdamente altos. Consiste, hasta ahora, en un libro de fotografías que buscaría, desde una lectura feminista, tensionar la relación de deseo explícito en la Barbie con el hecho de que se trate de la representación de una mujer.

Apenas supo la noticia me dijo que nos mudáramos a un loft estupendo enfrente de Plaza Brasil y que participara del proyecto. Yo le dije que no, porque siento que debe demandar un ritmo intelectual y académico que me costaría mucho seguir, además, acabo de encontrar unas buenas horas como profesora, raro para estar recién titulada, y no sé si me alcanzará el tiempo para estudiar. Lo que no le dije, pero es verdad también, es que no sé si podría soportar  los gastos de su nueva vida. La noche que se mudó me dijo que siempre tendría alguna de las habitaciones libre por si cambiaba de opinión. Yo no le respondí nada. Me parece imposible, aunque lo anhelo profundamente.

***

Ariel Andrés (Ariel Inostroza Pérez, 3 de agosto de 1994, Santiago). Egresada de Pedagogía en Filosofía y Profesora de Filosofía para la Enseñanza Básica del ex Pedagógico. Escritora e integrante del colectivo de emergencia Las bichas con quienes produjo el librobjeto Mapa sensible y publicó para el fanzine Afectos del colectivo Weye.

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