De piedra

Llegué allí por casualidad. Entré al almacén a comprar cigarros y ahí estaba pegado en la pared: “SE ARIENDA PIESA A HOMBRE SOLO O MUJER SOLA. PRESIO COMBERSABLE. LLAMAR AL…”. Soy un hombre solo. Llamé. Conversamos. Me quedé. La casera era una anciana de pelo blanco, de unos ciento cincuenta o doscientos años, delgada, arrugada, con un par de verrugas negras en las mejillas y una papada flácida que le colgaba y se balanceaba cuando hablaba. Sí, era fea. Y la pieza, a decir verdad, no era mucho más agraciada que su dueña, pero necesitaba algo barato y rápido, así que acepté…

… acepté. Desempaqué lo poco y nada que tenía, me tiré sobre el colchón y armé un porro que fumé con placer. Luego vagué mentalmente hasta cansarme, apagué la luz, me metí bajo las tapas y cerré los ojos. Pero no pude dormir. Una sensación extraña me recorría los huesos, una sensación de estar acompañado, como si de un momento a otro “alguien” se metería a la cama conmigo. Esperé y traté de tranquilizarme. Pero no pude. Prendí la luz y solo así, y aun con mucho esfuerzo, logré dormirme.

El día siguiente me la pasé sentado frente a la pantalla tratando de dejar salir las ideas, pero lo único que salió fueron garabatos, páginas en blanco y colillas de cigarro. Me tiré en la cama, estaba algo cansado, y me puse a mirar los altos muros de ladrillo descubierto, las vigas del techo, el piso de cemento y la ventana con los vidrios trizados. Había también un closet vacío…o casi vacío. Solo había allí un par de zapatos de tacón y una muñeca de trapo, cosas sucias, llenas de polvo y algunas telarañas. Seguramente cosas de la vieja… …de la vieja, sí, la vieja me invitó a tomar té. Acepté. Nos sentamos a la mesa y hablamos un rato. Era una mujer sola, su marido y su única hija habían muerto hace ya algunos años y ella había tenido que seguir adelante sin más ayuda que una miserable pensión. El té tenía un sabor raro, metálico, pero ella era una mujer agradable. Incluso su papada y sus verrugas comenzaban a parecerme simpáticas. Charlamos hasta la medianoche y luego me fui a la pieza…

…a la pieza, me tendí en la cama a prepararme un porro, pero no sé por qué motivo, razón o circunstancia, me sentía observado, como si alguien más estuviera allí conmigo. Traté de olvidarme de aquello, fumando, leyendo un poco, pero era imposible dejar de sentir aquella sensación. Comencé a inquietarme, a respirar más rápido. De pronto…

…sentí un ruido, que en medio de aquel silencio fue como el de una bomba atómica: la puerta del closet se vino abajo. ¡Por la puta madre! Casi se me sale el corazón por la garganta y no exagero. Me tranquilicé un poco y traté de ordenar las ideas, pero me fue imposible, esa sensación, esa maldita sensación…

La mañana siguiente desayuné con la vieja en la cocina. Era un lugar oscuro, húmedo, con olor a gas y a carbón. Mientras bebía el té me mostró algunas fotos de su familia, fotos viejas, algunas en blanco y negro, conversamos y comimos galletitas. De pronto, y juro que sin intención alguna, pregunté:

—Su hija era bastante joven, ¿de qué murió?

—Se suicidó.

—Oh.
—Sí, se ahorcó en la habitación que usted ocupa.

Un silencio mortuorio se apoderó de mi realidad, segundos, quizás minutos de silencio de una pureza absoluta. Ideas, una tras otra, escalofríos. Un cambio de realidad, la vieja ahora es fea, muy fea, la casa es horrible, fría, oscura. Ojos mirándome, ojos en mi espalda, me miran, quién me mira, esa maldita sensación…

…es de noche. Apago la luz y me meto bajo las tapas. Alguien me mira. Lo sé. Estoy seguro. Un ruido de zapatos. Pasos. Se acercan. Comienzo a con—ge—lar—me. El miedo, esto es el miedo. Los zapatos, los ruidos, los pasos se acercan. Se detienen frente a mí, lo sé, estoy seguro. Cierro los ojos, debo tranquilizarme, respira viejo, respira. Abren las tapas y se meten a la cama. Me abrazan. Ya no puedo moverme.Estoy petrificado. Soy de piedra. Comienza bajito, luego más y más fuerte…el llanto. Lloran. Hay alguien detrás de mí llorando y abrazándome. No puedo moverme. Soy de piedra, soy de piedra, soy de piedra, soy de piedra, soy…

 

***

 

Emilio Ramón nació en Santiago de Chile en 1984. Es profesor de Castellano, Magíster en Literatura Latinoamericana y Chilena, músico y escritor. Ha publicado sus relatos en diversas revistas impresas y virtuales. Es autor del libro de relatos Noches en la ciudad (Santiago-Ander, 2017) y de la novela Labios Ardientes (La Polla Literaria, 2014; Santiago-Ander, 2016).

Blog personal: http://deliriumtremens84.blogspot.cl/

 

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