Algo va a salir mal

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Le decían Bicho. Le decían así porque era chico y no pasaba del metro sesenta. Tenía la cara llena de erupciones propias de la edad y  una de esas voces  que rozaban la femineidad, aguda como el aguijón de un bicho. No le podían decir de otra forma. Y ese día estaba seguro de que por fin iba a picar. Su cumpleaños había pasado hace poco y ella le había regalado un test de embarazo positivo y el mundo se le vino abajo como un tsunami, solo que además del miedo a la ola, la misma estaba hecha de miedo. ¿Qué cresta iba a hacer con 16 años y un hijo? La vieja no tenía plata, ya bastante tenía con él y sus tres hermanos que poco y nada iban al colegio, preferían quedarse en la casa y salir a la calle. El Bicho era el segundo, los más chicos rondaban los diez y el mayor estaba con él, sentado en el asiento del piloto.

-Mira – le decía, pasándole la colilla de un pito para que lo matara – Toma el fierro y apunta al chino, yo vacío la caja- prendió el motor.

Miró a su hermano mayor, el que lo invitó a robar cuando le contó que iba a ser papá. Él ya llevaba unos años y tenía experiencia en el arte. Según le contaba, atracaba locales pequeños, restaurantes aislados de la zona periférica y hacía de la sorpresa y el miedo sus mejores aliados. Estaba seguro de que él también podía lograrlo, aunque realmente no quería. El Bicho era distinto, en su interior sabía que podía ser algo mejor que su hermano mayor, pero el ambiente te consume y te lleva a ser lo que no quieres. Algunos nacen con suerte, otros tenemos que robar, pensaba.

Era martes y bordeaban las 12 del día, a esa hora debería haber estado en clases de Matemáticas, de Física o Lenguaje, ya no se acordaba, y aunque le costaba aceptarlo, poco le importaba. El corazón se le tenía que endurecer si quería tener plata para el bichito que venía en camino. La Mylizen no tenía idea que estaba de cumpleaños ese día y le había dado el peor regalo, pero quizás fuera el mejor. ¿Quién sabía? Nadie, pero todos sabían que ese bichito necesitaba pañales, ropa y mucha comida, y para eso había que tener plata, plata que él no tenía y que tenía que sacar de donde fuera y quisiera o no, el auto estaba en movimiento.

-La mano es juntar monea’ y comprar hierba pa’ revender- le decía su hermano, voz que escuchaba a lo lejos, no al medio metro que lo tenía- ahí tení’ que puro hacerla pa’ callao y te forrai.

 

Tenía el presentimiento que algo iba a salir mal, aunque andaba con alguien que tenía experiencia, algo le parecía que no funcionaba como debía, a pesar de que nunca lo había hecho. Su hermano manejaba tranquilo, pero mirando para los lados buscando si algún carabinero se asomaba y amenazaba con entorpecer su actuar, pero no, las calles estaban desiertas, por eso también su hermano pudo robarse el auto que manejaba solo para este atraco, sin licencia. Algo iba a salir mal, lo sentía en su interior, pero había que darle, por el bichito.

Estacionaron en una esquina y tres casas más allá estaba el gran local de comida china al que iban. El plan era sencillo y lo repasaba una y otra vez en su atribulada cabeza. Entrarían y llegado su momento el Bicho apuntaría al cajero y su hermano se preocuparía de saltar el mesón y vaciar la caja. No hacía falta disparar, por eso no importaba  que no lo hubiese hecho antes, Después de la trigésima vez que repitió el listado de acciones, se metió el revólver entre el pantalón y su camiseta, entonces caminó tras su hermano hacia el interior.

Al entrar, un chino miraba a una niña teñida de rubio mientras la atendía.A ella el Bicho solo le veía la espalda y el trasero, prominente y redondo. La muchacha recibió una bolsa de papel, aparentemente con arrollados primavera o Wantan, el Bicho esperó que ella saliera y se metió la mano entre el pantalón y sacó el revólver, cerró sus ojos y apuntó hacia adelante. El cajero se quedó perplejo y levantó las manos en señal de rendición, no podía hacer nada.

El mayor saltó el mesón y registró la gaveta que aún estaba abierta tras la última compra de la rubia. El Bicho vio a su hermano salir metiéndose un gran puñado de billetes y monedas en el bolsillo de canguro. Corrieron a máxima capacidad hacia el vehículo que habían estacionado y una vez dentro su hermano encendió el motor arrancaron y se perdieron entre las calles de la zona norte de Santiago doblando en cuanta calle pudieron, hasta que encontraron un servicentro en el que estacionarse.

-Dos gambas- dijo su hermano- cien pa’ vo’, cien pa’ mi- le estiró un turro.

-Que fácil- dijo el Bicho, con su voz que por primera vez se escuchaba fuerte y claro en el día-

Su hermano echó andar el motor y retrocedió, pero al salir de la bomba una camioneta verde y blanco asomó por la esquina. El chofer trató de disimular y avanzar con calma, “no he hecho nada” repetía el Bicho, mintiéndose a sí mismo, cuando su hermano pasaba por el costado de la patrulla, pero una más apareció por el frente y les cercaron el paso. Algo iba a salir mal, pensó. No era tan fácil.

-Documentos del vehículo- pidió un policía en la ventana del piloto.

Consciente de que estaban por ser descubiertos en el robo del vehículo, los nervios comenzaron a invadirle y en un instinto sacó el revólver y apuntó al carabinero. Su hermano decidió acelerar para escapar y un balazo se oyó segundos más tarde seguido de una pérdida de control en el automóvil.

Cuando abrió los ojos, vio un techo blanco y sintió un dolor agudo en su cabeza, al frente estaba su madre que lo miraba con los ojos brillantes.

-Mamá… ¿y el Maicol?

-Algo salió mal, Bicho…

Patricio Cuevas

De septiembre del 94’ y oriundo (orgulloso) de La Pintana. Ingeniero en Administración de profesión y escritor de hobbie, amante del cine y el futbol, hincha de #loscruzados. Escribe para mostrar su manera de ver el mundo. Algún día espera publicar un libro para que sus futuros hijos vean su nombre en las vitrinas y comprendan que siempre las ideas serán más fuertes que los golpes de la vida.

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