¿No ves que me preocupo por tí?

Este cuento fue el Primer Lugar del concurso perteneciente a la Revista Grifo N° 32
*Por: Sergio Gabriel Sepúlveda Astudillo
Parecía una noche normal. Yo estaba sola, como de costumbre y miraba por la ventana de mi departamento ubicado en el tercer piso. Estaba cansada luego del turno en el supermercado, pero, al menos, la población estaba silenciosa a esa hora.
Hasta que escuché los gritos.

Dos mujeres discutían. Se increpaban engaños, falta de tiempo y las típicas quejas que se hacen las parejas. Observé a mi alrededor. Era la única espectadora de la pelea. Eso me puso de buen humor. Fui a la cocina y me serví un vaso de vodka con naranja. Regresé y ellas estaban en lo mismo. Ninguna cedía. Hasta que todo acabó. Una de ellas gritó ofensas al aire y se alejó. La otra intentó detenerla pero no pudo, se quedó observando cómo su novia se iba y doblaba en una de las esquinas.

Terminé mi trago y me puse una chaqueta. Bajé rápido. Un escalón tras otro. Cerré la puerta de mi edificio y la vi. Caminaba lento, como si su compañera fuese a regresar. En ese minuto me decidí a hacerlo, aunque el plan había sido ideado varios días atrás.
La seguí de manera cautelosa. Era capaz de ver el bordado de la espalda de su polerón. A las pocas cuadras ella giró su cabeza. Yo tomé otra calle, una especie de atajo para despistarla. Estaba tan excitada que me reía sola.

Avancé por calles solitarias y sucias. Algunos gatos maullaban sobre los tejados y la luna iluminaba de forma tenue el camino. La noche refrescaba, así que me puse un pañuelo en el cuello y me apoyé en un árbol. Ella avanzó rápido, tomó con fuerza su mochila y miró hacia todos lados. Sacó las llaves de su casa, pero cayeron al suelo. Las recogió y demoró un par de segundos en abrir la puerta. Yo esperé, solo eso hice.

Luego me acerqué de forma sigilosa a la ventana que daba al living de su casa.
La escuché en la penumbra. Ella hablaba por teléfono con su novia. Le imploraba perdón entre llantos y rabia contenida. Hasta que pareció advertir algo y todo quedó en silencio. Abrió la cortina y miró de un lado a otro, pero no me vio. Yo la observé a unos metros: vi sus ojos vidriosos, sus ojeras pronunciadas. Lucía tan hermosa y triste a la vez.
Comencé a impacientarme, así que golpeé la puerta y me puse a un costado. Ella salió, giró la cabeza y de pronto me vio.

—No grites—le dije.

—¿Quién eres? ¡Ándate de acá!

—Eso no importa y a habrá tiempo para explicar todo.

Después intentó entrar en su casa, pero yo la tomé de los hombros con fuerza. Ella gimió despacio y se quedó quieta. Luego asomé mi cabeza y vi parte del living.

—Veo que cambiaste de ubicación el sofá—le dije. Luego sonreí y ella me miró a los ojos.

—Ahora vas a hacer lo que yo te diga. ¿Entendiste? Ella asintió. Su pelo rojizo lucía desordenado, su pijama satinado brillaba en la penumbra.

—¿No me vas a invitar a pasar? ¿Así tratas a tus invitadas? Pero ella se quedó en silencio.

—¡Responde!—le ordené. Su cuerpo parecía temblar.

—No volverás a llamar a tu novia. ¡Olvídala de una maldita vez! Luego me acerqué y la tomé del brazo. Vi las marcas en sus muñecas.

—¡Di algo! ¡No me hagas perder el tiempo!

Ella comenzó a llorar. Sus ojos hinchados y redondos se fundían en su rostro.

—Te lo repetiré una vez más: quiero que me invites a entrar a tu casa.

—Es que yo… no… por favor… no me hagas…

—¡Cállate!

Y solo escuché su respiración.
Con mis dedos toqué un mechón liso que caía sobre su cara. Acerqué mi nariz y rocé sus mejillas, olí las frutillas plásticas de su labial. Cerré mis ojos, imaginé que estábamos en mi cama y que planeábamos irnos lejos de esta ciudad.
En un instante de valentía ella intentó soltarse, pero yo la empujé contra la pared.

—Cuidado… yo no tengo la paciencia de tu noviecita. Me quedé a la espera de algo, pero no había nada.

—Tú deberías estar con alguien como yo, ¿No ves que me preocupo por ti? ¿Acaso no eres capaz de notarlo?

La observé bajó la luz amarilla del alumbrado público y, por un instante, me pareció el ser más hermoso del mundo. Me alejé unos pasos y ella logró escapar. Sentí el portazo y no volví la mirada. Me fui de ahí.
Caminé de vuelta a mi casa y por un instante olvidé que al día siguiente debía sentarme por 8 horas seguidas frente a la caja registradora del supermercado.
Así es la vida, pensé.

La próxima semana volveré a visitarla.

* Sergio Gabriel Sepúlveda Astudillo, chileno. (7/02/1985 Rengo)
Reseña: Periodista pucv. Se ha desempeñado como profesor de Escritura Creativa en la Escuela de Periodismo de la pucv. Obtuvo el primer lugar en Valparaíso en 100 palabras, versión 2015. Durante 2016 editará su primera novela.

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