La salud, un privilegio

Por Javiera Soto González

La salud es un derecho; la calidad un privilegio. Existen grandes diferencias, tiempos de atención y costos son algunas de ellas, entre la salud pública y privada. Dicha situación convierte a la salud pública en un sistema perverso, despiadado y rebosante de errores. Esto explica que, hace ya tres años, el Hospital El Carmen haya vuelto a estar en el ojo del huracán, donde las horas de espera y la ineficiencia hospitalaria le arrebataron la vida a Scarlette Espinoza (15).

Las diferencias entre la salud pública y privada son un problema cuyas soluciones pareciera que son difíciles de encontrar. Muchos culpan al sistema de salud, al gobierno, a la calidad y cantidad de profesionales o a la privatización. Pero mientras se discuten las causas de este problema, debate que pareciera no tener una dirección definida y clara, numerosas personas día a día mueren en las instalaciones públicas. Tal fue el caso de Scarlette Espinoza.

La historia de Scarlette es la siguiente: regresó del colegio con dolor de estómago, el que con el tiempo no remitió y junto a Angélica Marín, su madre, decidieron ir el miércoles 13 de agosto al SAPU El Roble, en la comuna La Pintana. Fue ingresada en una sala compartida, separada por cortinas, lugar en que la revisaron durante quince minutos y le recetaron Ibuprofeno y tres días de reposo.

A pesar de las indicaciones del médico de turno del SAPU, Scarlette siguió con complicaciones, por lo que su madre decidió llevarla el sábado 16 de agosto y con 42° de temperatura al mismo centro asistencial, donde le diagnosticaron una infección urinaria y le pidieron que se realizara una serie de exámenes en el Hospital Padre Hurtado, en San Ramón. A partir de este momento, comenzó la peregrinación de Scarlette y su madre. En este hospital le practicaron una serie de exámenes, los que arrojaron que la joven presentaba una infección urinaria y tenía el riñón inflamado. Mientras pasaban las horas, la sometieron a una serie de procedimientos sin resultados positivos, puesto que la infección que presentaba era grave. A medida que avanzaba el tiempo Scarlette iba decayendo cada vez más, pero todos a su alrededor se movían con inquietante tranquilidad.

En la mañana del domingo 17 de agosto, los dolores padecidos por Scarlett habían llegado a un nivel insostenible. Otra serie de exámenes arrojaron un nuevo y desalentador diagnóstico: la infección del riñón se había esparcido silenciosamente por su cuerpo hasta llegar al pulmón. Ante esto, deciden derivarla al Hospital El Carmen, ubicado en Maipú, ya que consideraban que allí había mejores condiciones, equipamiento técnico y humano para tratar el caso. Desde ese momento, el hospital Padre Hurtado se desligó completamente del asunto.

El Hospital El Carmen, que había sido inaugurado hace ya casi un año y se consideraba un hito de la modernidad hospitalaria, recibió el ingreso de una ambulancia por su entrada principal (primer error, pues no era la entrada correspondiente a los pacientes derivados), en cuyo interior viajaban Scarlette y su madre. De dicha ambulancia se bajó una mujer desesperada, quien se dirigió al mesón de admisión y señaló que su hija se estaba muriendo. Mientras la madre realizaba el papeleo para el ingreso, los paramédicos, quienes no encontraron una camilla donde dejar a Scarlette, decidieron sentarla en una silla de ruedas tan precaria que los pies de la niña casi tocaban el suelo.

La madre, consternada por la situación, pidió a gritos que ayudaran a su hija, que se estaba muriendo. Parecía como si nadie quisiera oírla. Con una exasperante tranquilidad, la persona encargada al otro lado del mesón intentó calmarla, le pidió que esperara su turno y le explicó que la llamarían enseguida para realizarle el triage, fruto del que se le asignaría la categoría de gravedad correspondiente y se evaluaría la atención. La madre, desconsolada, no entendió por qué la hacían esperar tanto si era evidente que su hija no estaba bien y a quienes tenían la solución en sus manos, parecía no importarle.
Permaneció cuatro horas en la sala de espera en la misma silla de ruedas en que los paramédicos de la ambulancia la habían dejado. Todos hacían caso omiso, era como si Angélica pidiera ayuda con gritos sordos.
Después de cinco horas de espera atendieron a Scarlette. Pero mientras esperaba, la infección silenciosamente cubrió hasta el lugar más recóndito de su cuerpo. Le introdujeron una sonda por la uretra para que así eliminara toda la orina descompuesta, Scarlette con un grito sentenciador pidió que no le hicieran nada más. Su madre pensaba que le habían pasado a llevar el riñón. Los enfermeros al presenciar la situación, levantaron a Scarlette sin ningún cuidado y se la llevaron mientras ella hacía el esfuerzo de que ese no fuera su último aliento. Los que miraban la situación desde afuera, sabían que solo la estaban destrozando. El tiempo ese día no tuvo piedad. La piel de Scarlette se comenzó a helar y ni los besos cálidos de la madre pudieron contra el frío y hedor que salía de los poros de la joven. Le pidieron a la madre que abandonara el lugar y desde ese momento, ella no supo más de su hija hasta que vio aparecer al doctor por un largo pasillo y se le informó que Scarlette estaba muriendo. La salud pública la mató. Scarlette murió de un paro respiratorio el 18 de agosto del 2014, a sus 15 años, en el moderno Hospital El Carmen de Maipú.
Han transcurrido casi cuatro años desde la muerte de Scarlette. Tras su muerte, el director del hospital, Ricardo Saavedra, decidió realizar un sumario interno. Pasó el tiempo y parecía que el caso de Scarlette había sido olvidado por el Hospital y sus funcionarios, pero aún hacía ruido en la memoria colectiva. ¿Y el sumario? El mismo director del Hospital habría señalado que existían otras necesidades más urgentes, tales como la infraestructura o las infecciones intrahospitalarias. Por esto, el Servicio de Salud Metropolitano Central decidió reemplazar a Saavedra por Ramiro Zepeda. El sumario quedó en la nada, puesto que había muchos funcionarios involucrados y ya se había agotado el tiempo prescrito para su duración. La única respuesta que recibió la madre fue una serie de acusaciones mutuas: que la falla comenzó en el SAPU, que el Hospital Padre Hurtado no se hizo cargo, que la ambulancia no cumplió con el protocolo correspondiente y es por eso que se realizaron mal los procedimientos en el Hospital El Carmen. Todo lo relativo a la muerte de Scarlette quedó en una nube de dudas, pero lo que sí es cierto es que la espera y la inoperancia acabaron con su vida, surgiendo así un nuevo conflicto en la salud pública.
Pero parece que los funcionarios estaban acostumbrados a muertes como la de Scarlette, porque ninguno se inmutó por lo sucedido. Yo, al menos, me pregunto cuántas Scarlette mueren al día producto de las negligencias de la salud pública. Quizás cuántas Angélicas lloran en de la tumba de un familiar. No es posible que la salud pública no sea otra cosa que un cúmulo de errores y negligencias que derivan en tragedias familiares que se inscriben como epitafios junto a los nombres de los alabados nuevos hospitales metropolitanos. ¿Cuantos cadáveres carga y cargará la ineficiente salud pública?

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Esta crónica se debe al curso Producción editorial II, de la escuela Literatura Creativa UDP, con el motivo de practicar un género periodístico.

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