Una boda de película

Por Dora
No conozco a nadie que no haya visto en su vida, al menos una vez, una comedia romántica gringa de bodas. Prácticamente fui criada con ellas, porque siempre las transmitían en la televisión o alguien traía a casa una del Blockbuster. Así fue como crecí con esta idea gringa de las grandes bodas, ostentosas, llenas de clichés y de tradiciones ridículas. Y es que Chile tampoco se queda atrás. Sin embargo, hoy no estamos para hablar de eso, sino para ver si las bodas gringas son realmente como las muestran en las películas. Pienso en algunos clásicos como La boda de mi mejor amigo, Cuatro bodas y un funeral, El chico ideal y El papá de la novia, pero también en algunas más recientes, como 27 bodas o Guerra de novias. En este caso, como suele ocurrir, las historias que nos relatan o nos ocurren cumplen un rol fundamental, al permitirnos vivir la construcción de este tipo de mitos.

A finales del año pasado, llegó a mi casa una tarjeta de invitación a la boda de mi primo, con una foto de los novios en el Brooklyn Bridge y con letras doradas que decían: Sunday, May 28, 2017, St Paul’s United Church-Christ. Douglassville. La invitación incluía una dirección web de la boda, sitio en que c se podía revisar los detalles, como el menú, el lugar de la fiesta y los nombres de las bridesmaids y groomsmen.. Llegó una igual a varios de la familia. Así, el viernes 26 de mayo nos juntamos todos en el aeropuerto de Santiago y partimos. Todos excepto mi madre, que se perdió el vuelo.
La noche que llegamos era el rehearsal dinner, algo que yo nunca he visto en una boda chilena, pero sí en miles de películas. Nos habían dicho que la instancia era formal y llegamos vestidos acorde, pero los demás invitados se veían mucho más casuales que nosotros. La comida era abundante: había un cerdo entero dorado por la cocción y con una manzana roja en la boca y múltiples salsas y ensaladas de hojas verdes que nunca había visto. También había macaroni and cheese, que era el plato estrella de una de las bridesmaid.

Cuando nos encontrábamos todos sentados, con nuestros platos y copas llenos, pusieron un video en un proyector, con fotos de lo novios, Kayla y Phillip. Las primeras eran de cuando ellos eran niños y de cómo fueron creciendo. En las últimas fotos ya salían juntos con sus dos hijos, Sophie de cuatro años y Phillip Junior de 8 meses. Fue un momento emotivo y a más de alguno se nos cayeron las lágrimas. Además de eso, el video estaba lleno de fotos divertidas, con malos ángulos y situaciones vergonzosas que nos hicieron reír a todos.

En la película 27 bodas podemos ver esta misma situación: el rehearsal viendo las fotos de los futuros novios, pero en la película es una situación fatal, en que queda al descubierto la verdadera identidad de la novia y se cancela la boda. En la boda de mi primo, por suerte, no pasó nada muy dramático, salvo que mi tío Patrick, que iba como en la quinta copa de vino y se vio algo rojo y algo tambaleante, igual que el tío del novio en la película The Romantic, dijo unas palabras algo enojado porque siempre le ha costado manifestar el cariño, pero terminó dándole un gran abrazo a su hijo, para dar paso a un pequeño baile entre los novios en medio de la sala. No se demoró ni dos minutos en aparecer Sophia entre ellos y alguien se preocupó de llevarles a Phillipe Junior para tener la foto de la familia completa. No hubo mayores sucesos, ni siquiera una planeadora de bodas insoportable, como vimos en Friends en el capítulo en que Phoebe se casa y termina despidiendo a Mónica en pleno rehearsal, ni ningún amigo con el corazón roto por el momento, o al menos no se vio nada por el estilo.

 

Ya hacia el final, llegó el postre. Una mesa llena de galletas de chocolate con nutella, volcanes, panqueques con frutillas y macarrones dulces. La cena terminó alrededor de las diez de la noche y sin posibilidad de seguir, ya que al día siguiente, en la mañana, era la ceremonia en la iglesia. De hecho, al día siguiente nos levantamos temprano para ir a la iglesia donde se habían casado anteriormente Patrick y su esposa, Ann, los abuelos y tatarabuelos del novio. Era una iglesia con tradición. Llegamos un poco tarde, justo antes de que empezara la ceremonia pero, a diferencia de todos los matrimonios a los que he ido, allá empezaron puntuales, exactamente a la hora que habíamos sido citados. Llegaron las bridesmaid con un ramo de flores cada una y con su respectivo groomsman a su lado. Se notaba que nada era al azar y que cada una calzaba perfectamente con su acompañante: similar talla, altura y color. Los vestidos eran hermosos y al contrario de lo que pasa en La venganza de las damas de honor, filme en que todas las bridesmaid lucen vestidos rosados tipo repollo rosado, estos sí favorecían a las jóvenes. Estos vestidos eran de color grisáceo azulado con una larga caída recta y de un solo hombro.

La entrada fue igual a la que había visto en El padre de la novia: el orden, la iglesia y el nerviosismo de la gente. Aunque, cuando entro Kayla, acompañada por su padre, pensé que nunca había visto a una novia tan hermosa y tan nerviosa. Detrás de ellos venía Sophie, tirando pétalos de rosa y Valerie, hermana de Kayla, con Phillip Junior en brazos, de esmoquin. La ceremonia la impartió un cura muy moderno con barba, que hizo reír a todos menos a los chilenos que nos perdíamos un poco en la traducción. La ceremonia fue muy corta, aun así mi hermana ya estaba llorando.
La salida de la iglesia fue igual de programada que la entrada: primero les sacaban fotos en la entrada a los novios y así, una por una, a todas las parejas de escolta. Nosotros fuimos los últimos en salir y no nos sacaron ni una foto.

Estuvimos un rato afuera de la iglesia, aprovechamos de felicitar a los novios, de mirar a nuestro alrededor y soplar burbujas, que fue lo que nos dieron en vez del clásico arroz.
La fiesta se celebraba lejos de allí, en el Resort & Conference Center, Bear Creek Mountain, en Macungie, que quedaba a dos horas en auto, así que fuimos para allá. Al llegar al Resort, no encontramos con un lobby enorme,con una gran sala a la derecha donde se celebraban más bodas alrededor, igual que en 27 Bodas cuando Jane sale gritar y bochornosamente se encuentra con que se estaba celebrando otra boda y no la que ella estaba buscando.
En la sala había esculturas de hielo, barra abierta y unas mesas destinadas a los novios con las bridesmaides y groomsmen, tal como podemos observar en la mayoría de las películas. Una vez que ya estábamos todos sentados, los novios hicieron su aparición por una alfombra roja, saludando y tirando besos. Detrás venía el séquito de bridesmaides y groomsmen y, el toque diferente, Sophia y Phillip Junior en brazos.

Había llegado el momento tan esperado: el de los discursos. Primero salió la hermana de Kayla a contar lo orgullosa que estaba de su hermana. Después le tocó el turno a uno de los groomsmen, mejor amigo de la infancia de Phillip, quien dio el mejor discurso que he escuchado, mejor que el de Julianne en La boda de mi mejor amigo. Me emocioné mucho y no fui la única. Quienes hablaron lo hicieron de forma chiché, ya que de eso precisamente se alimentan estos discursos, pero fue de una manera sutil: se habló de los momentos difíciles de la vida de los novios, del momento preciso en el que se enamoraron y cosas por el estilo.
Cuando terminaron los discursos, llegó mi mamá que había encontrado sus documentos y acaba de bajar del avión. Se acercó a saludar a los novios y estos no lo podían creer, dieron un pequeño grito y Kayla corrió a dale un abrazo gigantesco. Parecía que hubieran visto un fantasma y todos se dieron vuelta a mirar.Ese sí que fue un momento de película, una sorpresa para todos, un milagro de la noche de bodas.
A esto, le siguió el vals de Kayla con su padre y luego Phillip con su madre. Ambos bailes fueron un espectáculo puesto que hablaban entre ellos en un volumen bajito y la emoción del momento se plasmaba en sus caras.
Quizás no fue una boda tan ostentosa como algunas que había visto en las películas, pero claramente allá se siguen a pies juntillas las tradiciones que vemos en la gran pantalla. Kayla sí andaba con algo azul, una horquilla en el pelo, con algo prestado y algo viejo, la liga de su abuela, aquella que el novio un poco más tarde le sacó con la boca. Allá las niñas sueñan con ese momento y con la fiesta. Es un momento que independiente de la cultura, marca un antes y un después en la vida de los novios y no solo en la de ellos, sino que también en la de sus familias.

PD: Esta crónica se debe al curso Producción editorial II, de la escuela Literatura Creativa UDP, con el motivo de practicar un género periodístico.

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