Autorretrato

Por Margo Glantz

¿Quién soy? Sé que me llamo Nora García. Me comparo, sin embargo, con Frida Kahlo o con Anaïs Nin: me complace y me repugna, a la vez, mi narcisismo, pero el de ellas más aún. Un narcisismo sustentado en los fetiches. Para Nin, son el perfume y el papel con que escribe los diarios –la exorcizan–; para Frida, los trajes de tehuana y el pelo, sobre todo el bigote y las cejas. ¿El pelo puede ser un fetiche o solo lo es cuando se coloca en un guardapelo? ¿Frida usaba guardapelos? Mi fetiche son los zapatos. Tanto, que de pronto me confunden con ellos, aunque se trate de zapatos comunes y corrientes hechos para caminar y no de los zapatos finos y delicados con tacones de quince centímetros que levantan el cuerpo, las nalgas y la moral, no; esos, aunque me encantan y a no los puedo usar y si no se usan simplemente dejan de ser fetiches. O a lo mejor me equivoco. Me detengo, reflexiono en la definición corriente de “fetichismo” , aquella que pretende significar devoción hacia objetos materiales. El fetichismo como una forma de creencia o práctica religiosa en la cual se considera que ciertos objetos poseen poderes mágicos o sobrenaturales, protegen al portador o a las personas de las diferentes fuerzas de la naturaleza. Los amuletos también son considerados fetiches. Repito la pregunta: ¿lo será el pelo? Si no lo es, solo los trajes de tehuana, los exvotos y las joyas le servirían a Frida contra el mal de ojo que la persiguió toda la vida. Yo, por si las dudas, cargo conmigo esos ojos de cristal azul y blanco usados en Turquía contra la mala suerte: uno lo llevo colgado al cuello; otro dentro del cajón donde guardo mi ropa interior (junto a un saquito de lavanda); un tercero cuelga de la llave inserta en la cerradura del librero –herencia paterna– que alberga mis obras completas.
Henry Miller decía que Anaïs Nin era especial porque carecía de toda conciencia de culpa, de modo que podía vivir cualquier situación, por inmoral o impropia que pareciese, con la más perfecta naturalidad. Su yo revela un narcisismo mucho más pronunciado que el mío. Yo, Nora García, una mujer que ama a los perros, a los hombres e –insisto– a los zapatos y que suele tener problemas con los dientes y los senos. Anaïs Nin exhibe, en cambio, un deseo permanente de teatralidad, de exhibición: imposible imaginar que alguna vez visitó el consultorio de un dentista. ¿Por qué imposible?, ¿de dónde sacó esta idea? Cuando la conocí, ya enferma de cáncer, vestida con un traje indio, largo, de terciopelo azul turquesa y una peluca color castaño, sus dientes seguían siendo perfectos y aún podía percibirse el ano extranatura que después de la operación le habían colocado los médicos en la cintura por cierto inexplicable olor.
Mirando los autorretratos de Frida Kahlo creo descubrir una íntima necesidad de reconocerse desde afuera, mucho más genuina. ¿Más genuina, verdaderamente, más genuina? Me detengo: un diario es siempre una indagación y este es un fragmento del diario que estoy escribiendo. Es el diario de una mujer sin cualidades. Me tranquiliza saber que escribirlo no es un signo absoluto de egotismo y me permite corroborar que –repito– otras mujeres son aún más narcisistas que yo, sobre todo Anaïs Nin: cuando era niña, sus tíos le regalaban unas sandalias semejantes a las que calzaba el Niño Dios el día de la Candelaria. Nin materializa sus deseos y eterniza sus memorias y en ellas es el centro. Escribía diarios, los firmaba con un seudónimo y los guardaba herméticamente en cajas de seguridad en el banco. Más tarde esos diarios, que por su naturaleza e intención primera hubiesen debido mantenerse secretos, se publicaron en vida y por decisión propia. Luego se convirtieron en best sellers y fueron vendidos en cualquier supermercado, como las novelas del Marqués de Sade, pese a haber sido ambos proscritos hasta mediados del siglo xx. Durante las últimas décadas de su vida, Nin conoció la fama en forma de libro –novelas eróticas o diarios– y embotellada, como genio de Las mil y una noches, en la magia volátil de un perfume: un aroma patentado lleva su nombre y se agazapa detrás de la oreja de alguna neoyorquina, empalagando con su fuerte fragancia floral.
Frida fue reiterativa y su acción pictórica, literal. Su caballete y sus pinceles estaban situados frente a un espejo, así es como ella pintaba, ¿admirandose o intentando reconocerse? Por mi parte, debo confesar que cuando miro mis retratos fotográficos o las pinturas colgadas en un rincón de mi casa –bautizado “la egoteca”– doy rápidamente vuelta la cabeza.
La luminosidad del ambiente en las pinturas de Frida se revierte en el cristal de la mirada y esta se fija curiosa, extenuada, en ese espejo que le devuelve un rostro. Rostro particular enmarcado por una masa capilar, que se extiende y ramifica para decorar las zonas que hubiesen debido permanecer desnudas. El bigote, inusitado en una mujer o por lo menos depilado en las que lo tienen, brota perfecto, más perfecto aún por la complacencia con que Frida lo coloca en sus retratos, pelo a pelo, sobre el labio superior, en convivencia armónica con el cabello: crece sobre los ojos y se desliza hasta formar una línea sobre la nariz (hay un refrán antiguo, muy grosero, sexista, pero sugerente: “Mujer con bozo, coño sabroso”). Así, trenzas, bozo y cejas forman un todo continuo que animaliza y embellece; la prueba de ello es la cercanía de Frida, embelesada, con esos changuitos que, como su rostro, pululan en torno a ella repitiéndola, esperándola. La proliferación de vegetación tropical en el fondo de sus cuadros, aun en aquellos que pudieran ser más sobrios, es la consecuencia directa de esta exageración. En sus obras hay una gestación y una fertilidad constantes: abundan los frutos, el cabello, el color y los autorretratos. La pintura se convierte en fetiche y ella, la pintora, también: Madonna la idolatra, su familia la convierte en marca registrada, México existe en la geografía mental solo por Frida –me vuelven las ganas de vomitar–.
Para ella la maternidad es fundamental. Perogrullada, incluso, pero falla, porque el cuerpo está destrozado, perforado, dañado para siempre. La maternidad se aborta. Yo tengo dos hijas, nunca me practiqué un aborto y mi nombre es vulgar. La sangre es un producto necesario en cualquier maternidad, pero en los cuadros de Frida es un fluido que mana de los agujeritos múltiples de una mujer asesinada por “unos cuantos piquetitos”, de una mujer cuyo torso es un cuerpo mutilado, pero gestador de excrecencias que se multiplican y pasan a formar parte del fondo como paisaje y como materia plástica perfecta. Basta leer El laberinto de la soledad de Octavio Paz)
El mismo traje de Frida, ese traje encubridor de defectos, traje que yo, Nora García, he comprado en mis viajes al Istmo de Tehuantepec y que sobre mí se vuelve exagerado, ridículo, folclórico; ese traje-corsé, que puede resultar provocador y artificial, para mí es la prenda necesaria y definitiva de esa proliferación. En mí la proliferación se estanca, se difumina, se cancela.
¿Cómo enmarcar la abundancia y la diseminación? A través de los encajes, los holanes, los listones enredados entre las trenzas y convertidos en cabellos; los bordados que se multiplican, a menudo con ingenuidad; las flores y los frutos determinan el entorno, ese entorno que jamás luce vacío. Sobre los trajes de tehuana puedo adelantar una reflexión (coloreada y pulcra): quizá la tehuana es la mujer más definida de todas las mujeres mexicanas.
Lola Olmedo aparece pintada por Diego Rivera en un cuadro donde su rostro, sus pies y sus manos son frutos. El trasfondo la duplica, el traje de tehuana le otorga una carnalidad perfumada y caliente, propia de esa tierra donde las mujeres visten un traje que las hace a la vez santas (por el halo que irradia el tocado) y lascivas (por la estentórea carnalidad con que el traje realza sus características). Un traje de tehuana me recuerda a una piña, recuerdo exacerbado cuando se admiran los cuadros de Frida. La pulpa, la voluptuosidad frutal son sus atributos. En esa carnosidad vegetal traspasada al cuadro no existe la sangre, solo está cuando se registra un asesinato o, en el caso extremo, un aborto; entonces salpica, de manera incontenible inunda el espacio.
Frida Kahlo se observa y de su mirada poblada surge el pincel (hecho con pelos de sus cejas) definiendo un yo que nunca acaba de asirse cabalmente y que, por lo mismo, recomienza sin cesar ante sus ojos y los nuestros. En este autorretrato de 1933, mucho más sobrio, una Frida reflexiva, pintada al óleo sobre una lámina –consejo de Diego Rivera– casi desnuda de atavíos, un collar de cuentas prehispanicas de jade, redondas e irregulares, color gris burgués, sobre el cuello delicado, amarillento, dejando un espacio razonable entre el escote y el encaje blanco que lo adorna. La mirada plácida, la boca muy bien delineada y el bozo delgadito, tenue, las mejillas coloreadas, los ojos serenos y la ceja unida, cayendo inoportuna sobre la nariz. El pelo alisado, con raya en medio y un cordón de lana gris rodea su cabeza, rematando esa apariencia de niña buena, un poco triste. Solo una oreja, de límpido trazo, coronada por una pelusilla sedosa y oscura, parece evocar la sensualidad reprimida. Las mías –mis orejas– están cubiertas por el pelo, delgado, suave, descolorido. Solo mis zapatos (Frida apenas los enseña) son escotados, de color magnífico y los dedos de mis pies están pintados de escarlata. ¿La sangre que vierten los numerosos agujeritos que ostentan los cuerpos de las mujeres maltratadas y violadas que pinta Frida en sus exvotos, láminas populares, recuerdos de su infancia? y –¿por qué no?– también de la mía.

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